lunes, 6 de julio de 2015

Signos,comunicación y representación

Signos, comunicación y representación
Comunicación y representación
Imagine una situación de peligro real (un incendio, por ejemplo) y copie
cinco de los mensajes que usted podría emitir a los demás miembros de su grupo
para prevenirlos. Piense ahora en un gorila que se encuentre en la misma
situación y copie los mensajes que usted se imagina que el gorila podría emitir.
Aun antes de terminar usted seguramente ya había notado que el
"repertorio" de posibilidades que tienen usted y el gorila son muy diferentes,
preguntémonos ahora ¿en qué radica esa diferencia? Seguramente usted copió
un "tipo" de grito diferente de acuerdo con lo que quieren indicar: miedo, dolor o
llamada de atención podrían ser los tres que aparecerían aquí y en ese caso tanto
el gorila como usted tienen las mismas posibilidades, ahora bien, usted y yo
tenemos algunas posibilidades más. Sin contar con el hecho de que la especie
Homo Sapiens es la única que ha domesticado el fuego, además del grito que
sirve para llamar la atención, los seres humanos podemos emitir un mensaje como
éste: ¡Auxilio!, ¡Socorro!. Si esto nos parece todavía poco exacto, o muy ambiguo,
añadiremos algo así como: ¡Hay un incendio! y en el peor de los casos: ¡Me
quemo!. Pero hay una posibilidad más: escribir el mensaje y, aun si no supiéramos
escribir, podríamos entonces dibujarlo así como nuestros antepasados hicieron
una vez en las cuevas donde vivían.
En situaciones de peligro real para ambos, el hombre y el gorila reaccionan
instintivamente de manera muy semejante puesto que interpretan signos naturales
tales como el humo, el olor o las cenizas que se esparcen en el aire indicando que
en alguna parte hay o hubo fuego y, ante estas señales, tanto el hombre como el
gorila pueden tratar de alertar a los demás miembros de su grupo para separarlos
del peligro o para pedir ayuda. Los medios que utilizan para llamar la atención de
los demás miembros del grupo también pueden ser muy semejantes: el grito.
En estos casos nos encontramos ante situaciones en las cuales las
reacciones que se producen pueden ser calificadas de "instintivas" y, al mismo
tiempo, los elementos del entorno que son interpretados como "portadores de
información" deben ser calificados de "naturales" en tanto surgen
espontáneamente de nuestro entorno, es decir que no existen con el fin específico
de comunicarnos algo: así, el humo, por ejemplo, es independiente de la
interpretación que le damos, existe porque hay fuego, como una consecuencia
química de éste, no para comunicarnos que hay fuego. En cualquier caso, el
hecho que nos interesa aquí es el que todas las especies animales, incluyendo el
Homo Sapiens, responden ante estos "indicadores" que normalmente llamamos
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indicios o síntomas y aun los miembros más pequeños de la especie, los bebés,
empiezan muy temprano a reconocerlos.
La razón para que estas reacciones se produzcan es sencilla: de la
recepción de estos "mensajes" depende la supervivencia del grupo y, por ende, de
la especie. Así, todas las especies han aprendido que deben reconocer el fuego
antes de que llegue a su territorio, que la enfermedad debe ser enfrentada lo antes
posible, todas las especies reaccionan ante el dolor y el miedo, para todas es
igualmente importante saber dónde está el alimento. Interesado por la
supervivencia de sí mismo y de su grupo, cada miembro de cada especie
interpreta el medio que lo rodea y comparte con los demás elementos de su grupo
la existencia del peligro o la salvación mediante "llamadas de atención".
Cuando interpretamos los indicios o síntomas del entorno y, con más
razón aún, cuando un miembro de nuestro grupo nos hace saber de la
existencia de estos indicios, entonces podemos hablar de comunicación.
Definiremos entonces la comunicación como: un proceso por el cual los
miembros de una misma especie se relacionan entre sí y comparten
información.
Asimismo, debemos notar desde ahora que en toda situación de
comunicación se pueden identificar tres elementos que se presentarán de manera
constante y necesaria para que se cumpla este proceso, a saber: en todas ellas
habrá un emisor, que es la fuente de la información, el productor del mensaje
comunicado, el cual, a su vez, sirve como mediador ente el emisor mismo y el
receptor que será, en cada caso, aquel que interpreta el mensaje.
En un incendio, el emisor inicial es el fuego y el mensaje que transmite es
el humo o el olor (recuerde, sin embargo, que hemos dicho que aunque lo
podamos identificar emisor y mensaje en este caso el fuego y el humo,
evidentemente, estos no existen con ese fin). El receptor en nuestro ejemplo será
el hombre o el gorila que lo perciben e interpretan como un mensaje más o menos
así: Hay fuego y, eventualmente, habrá peligro. El hombre y el gorila, a su vez, se
convierten en emisores cuando son ellos los que gritan, por ejemplo, y este grito
será el mensaje que los demás miembros de su grupo (receptores) percibirán e
interpretarán.
Ya es bastante evidente que el proceso de la comunicación puede
observarse en todas las especies y por esto, en muchas ocasiones, se ha tenido la
impresión de que los animales "hablan", sin embargo, esta posibilidad sólo se da
en las fábulas para niños. No podemos negar el hecho de que hay comunicación
entre los animales y, como ya lo hemos visto, la razón para ello no es de menor
importancia puesto que, al igual que para los humanos, se trata de la
supervivencia de la especie, sin embargo, esa posibilidad específica de hablar
está reservada a la especie Homo Sapiens exclusivamente.
A pesar de haber sustentado la idea de que todas las especies animales
poseen medios para comunicarse con sus semejantes, al mismo tiempo, hemos
tenido que restringirnos a ciertos tipos de mensajes y de situaciones en las cuales
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estos se producen: peligro, alimento, enfermedad, agresión o amor. Es posible
que, en el caso de algunas especies, haya un grito, gruñido o ronroneo
particulares para comunicar según el tipo de situación, pero la especificidad de los
mensajes se detiene allí. Hay varias diferencias fundamentales entre los gritos del
animal y las emisiones que el ser humano puede realizar en situaciones similares
para ambos.
En el caso de las demás especies animales no hay una intención
comunicativa expresa en el emisor de las señales ahora bien, en el caso de los
seres humanos esta intención comunicativa sí está presente: llamar la atención,
compartir la información es un acto que depende de la intención de realizarlo y en
esta intención se fundamenta la diferencia entre los mensajes humanos y los de
las demás especies.
Otra diferencia importante que tenemos que notar al comparar los
diferentes gritos del animal y nuestros propios mensajes radica en el hecho de que
la comunicación animal depende estrechamente de la situación inmediata en la
cual se produce, así, un grupo de gorilas responderá ante los gritos de peligro de
uno de los miembros de ese grupo porque todos los demás también han percibido
ese mismo peligro. El grito funciona así justamente, como una alarma cuyo origen
hay que identificar. Hemos visto sin embargo que la especie Homo Sapiens puede
distanciarse de la situación concreta pues puede recurrir a otros medios de
comunicación además del grito elaborando mensajes diferentes y, en ese caso,
sus mensajes sirven tanto para comunicar información sobre la situación
inmediata como para recrear situaciones no-presentes.
Volvamos a imaginar los mensajes posibles en un incendio. Es cierto que
ante un peligro real nuestras reacciones pueden parecerse mucho a las
reacciones animales, sin embargo, como ya decíamos, también podemos
representar el peligro mediante un dibujo, por ejemplo. Así, no será necesario que
nuestro interlocutor esté presente en el mismo lugar y en el mismo momento para
poder entender a qué tipo de peligro nos referimos concretamente. En el ejemplo
que estamos utilizando aquí, el interlocutor puede recibir el mensaje momentos
después pero podría también recibirlo o recordarlo años y aun siglos después, y
es así como recordamos la época en la cual el hombre era cazador de bisontes:
gracias, por ejemplo, a los dibujos de las Cuevas de Altamira.
Esta diferencia tiene que ver, entonces, con el hecho de que la
comunicación humana no depende directamente de la situación concreta en la
cual se da y a la cual se refiere, por lo cual el emisor y el receptor pueden estar
presentes simultáneamente o no. La comunicación instintiva, inmediata,
dependiente de la situación que, como ya vimos, es común a todas las especies,
sólo puede comunicarnos informaciones sobre elementos presentes en la
situación, el grito de alerta sólo será efectivo si el emisor puede
contemporáneamente identificar el motivo de alarma. Tal como indicábamos
antes, el grito de peligro o de miedo ante el fuego sólo tendrá un significado si
podemos ver el fuego y relacionar el grito y la causa. Este, evidentemente, no es el
caso cuando nos encontramos ante un dibujo o ante una historia en la cual se
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describe la misma situación: no necesitamos ver el fuego si entendemos la
descripción.
Así como está limitada espacio-temporalmente, la comunicación animal
también está limitada en los contenidos que transmite y esta segunda diferencia
depende estrechamente de la primera.
Al no depender directamente de la situación concreta y al no apoyarse en
ella para poder ser comprendidos, los mensajes humanos pueden comunicar
además variaciones y matices sobre el contenido que comunican, por ejemplo, el
punto de vista de quien comunica, la manera como ese individuo en particular
concibe su experiencia. De este modo, la distancia con la situación específica se
amplía más todavía por el hecho de que, ante una misma experiencia, cada uno
de nosotros podrá interpretar a su modo los hechos, las sensaciones, la magnitud
del riesgo y podrá incluir en su comunicación aspectos no visibles en la naturaleza
como, por ejemplo, sus propias ideas, impresiones, la imagen personal sobre una
situación que, objetivamente, será la misma para todos.
Aparece aquí un elemento a menudo olvidado pero que, en realidad, es el
fundamento de toda comunicación humana: el propio mundo interior, el lado noobjetivo
en cada experiencia, en cada situación. Ante realidades semejantes, cada
uno de nosotros vive su propia vida y con frecuencia, a sabiendas de que nos
encontramos ante las mismas situaciones, iniciamos la comunicación para
expresar ese aspecto que nos parece novedoso y diferente en cada situación:
nuestra propia experiencia, nuestras propias ideas, nuestra propia interpretación,
nuestros propios proyectos.
Con esta misma característica se relaciona el hecho de que podamos ser
totalmente originales al transmitir nuestra experiencia y encontramos los ejemplos
de ello en todo creador, ya sea en el arte o en la ciencia. La historia de la
civilización humana está hecha de las diferentes interpretaciones científicas que se
han dado para los mismos fenómenos y de las distintas visiones que el arte ha
dado para nuestra vida. Al mismo tiempo, al poder recrear los hechos, imaginarlos
o explicarlos de diferente manera podemos, también, deformarlos de tal manera
que nuestra interpretación, al final, tenga muy poco que ver con la realidad. Por
eso el hombre es el único animal que puede mentir.
Imaginación, creatividad, originalidad así como ficción, son calificativos que
sólo podemos aplicar a la comunicación humana que, al no depender de los
elementos concretos de la realidad objetiva, puede incluir los aspectos no
tangibles de todo fenómeno y de toda experiencia y es allí donde encuentra su
mayor riqueza y, sobre todo, su mayor versatilidad. Ahora bien, tenemos que
preguntarnos ¿en qué se basa esta posibilidad de "distanciamiento" de las
situaciones concretas en el caso de las comunicaciones humanas? ¿por qué es
posible?
La respuesta parece tan sencilla que oculta la complejidad del proceso y
su valor para la especie: si los mensajes humanos pueden "salirse" del espacio
y del tiempo inmediatos, de la situación concreta a la que se refieren los
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mensajes es porque, en el caso de nuestra especie, estos mensajes se
fundamentan en una capacidad exclusiva del homo sapiens: la capacidad de
crear signos o, lo que es lo mismo, la capacidad de representar, y podemos
entonces definirla como la capacidad exclusiva de la especie humana para
crear medios por los cuales sustituye los elementos de la realidad objetiva por
otros elementos que funcionan como equivalentes en la comunicación. Estos
elementos sustitutos son los que conocemos con el nombre genérico de
signos o señales.
Pero ¿cómo puede un objeto sustituir a otro y servirle de signo? Aun
cuando aceptemos que la equivalencia entre ambos objetos se funda en la
representación, ¿cómo es la relación que se establece gracias a la
representación?
Tenemos que considerar varios aspectos para comprender esta relación
que hemos definido como representación.
Veamos un ejemplo que puede ayudarnos: todos hemos tenido alguna vez
una "conversación a distancia" con un mesonero en un restorán; por ejemplo, hay
un movimiento de la mano derecha imitando a alguien que firma, que hace
entender al mesonero que debe traer la cuenta. En el mismo restorán y con el
mismo mesonero, cuando queremos otro refresco o cerveza, alzamos la botella y
la señalamos, si se trata de más de una entonces con la otra mano indicamos
cuántas, o bien señalamos a la totalidad de la concurrencia para que el mesonero
entienda que se trata de un refresco o cerveza para cada uno de los presentes en
la mesa. Ahora bien, ese mismo gesto, si lo dirigimos a algún amigo que acaba de
entrar no significará que es nuestro amigo el que debe servirnos sino, al contrario,
que esperamos que se una a nosotros para compartir el momento.
En nuestro ejemplo, cada uno de los gestos que aparecen descritos son el
sustituto de una expresión equivalente, es decir, que podríamos decirle al
mesonero lo que queremos: la cuenta u otro servicio, pero como probablemente
éste no podría oírnos entonces nos servimos de otros medios que nos aseguren
que el mensaje llegará al receptor. A su vez, las palabras que podríamos usar en
el caso de que nuestro interlocutor pudiera oírnos son, también, sustitutos de algo.
Las palabras, en este caso, son las intérpretes de lo que deseamos y sustituyen
nuestro deseo a fin de que podamos comunicarlo a los demás. Evidentemente, en
el caso que presentamos, el grito no nos serviría de nada, éste sólo llamaría la
atención del interlocutor quien no podría, de ninguna manera, saber con certeza
qué es lo que queremos.
En la situación que acabamos de describir nos hemos comunicado con
nuestro interlocutor haciendo distintas señas, también utilizamos la mirada para
hacernos entender, sin embargo, los gestos y miradas que aparecen en esta
situación son diferentes a los que normalmente hacemos cuando conversamos.
En este último caso, los gestos son espontáneos y es difícil separarlos,
distinguirlos y, más difícil todavía, es explicarlos. Ahora bien, en la conversación en
el restorán que acabamos de escenificar sí pudimos describir cada seña y lo que
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significa cada una de ellas. Esto se debe justamente al hecho de que cada una de
las señas que usamos en una situación como la que hemos descrito (en el
restorán), tiene un significado, establecido por el grupo, que se mantiene
constante en cada situación de comunicación de tal manera que, cada vez que
aparecen, podemos reconocerlos.
El significado es ese aspecto no-perceptible de toda representación.
Aparece siempre, indisolublemente ligado al aspecto perceptible: el significante.
Es esta relación indisoluble la que constituye el signo. Estas dos facetas del
signo se necesitan mutuamente para que, cualquiera que sea el elemento que
escojamos para sustituir una realidad dada, ésta pueda ser representada por el
signo. De otra manera nos encontraríamos en la misma situación de una persona
que oye una lengua desconocida: percibimos el signo pero no lo entendemos.
Podemos retomar ahora los términos que nos permitieron introducir el
concepto de significado: los elementos que aparecen en la constitución de
mensajes en la comunicación humana poseen un significado, establecido por el
grupo, que se mantiene constante en toda situación de comunicación de tal
manera que, cada vez que aparecen, podemos reconocerlos como la
representación de un determinado contenido que queremos comunicar.
Esta característica de estar dotados de significación es la que permite lo
que hemos llamado "distanciamiento" en los párrafos anteriores pues la
significación permite, en efecto, que los elementos que escogemos para
representar el mundo que nos rodea puedan actuar independientemente de la
situación concreta a la cual nos referimos. Así pues, representación y significación
constituyen el fundamento de la diferencia que hemos venido presentando entre la
comunicación general a todas las especies y la comunicación específica de los
seres humanos.
Podríamos resumir entonces lo presentado hasta aquí diciendo que la
representación establece una relación entre dos elementos:
A ↔ B
donde A es una situación, sensación, sentimiento, idea, etc. que encuentra un
sustituto en B que lo representa.
Tradicionalmente A es llamado el referente de B.
B es el constructo que representa A. El signo que lo representa y, como
tal, está constituido por el significante y el significado.
Por otra parte, puesto que hemos dicho que los signos son la
representación de su referente, entonces, podemos concluir que B puede
aparecer en cualquier situación de comunicación sin necesidad de que A esté
presente al mismo tiempo.
Evidentemente, en el grito la relación A-B es directa y, tal como decíamos,
necesitamos la presencia de ambos para poder entender a qué se refiere B,
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mientras que, en el resto de las posibilidades que tiene el hombre ante esta misma
situación (que son exclusivas de la especie humana), la presencia simultánea no
es necesaria y B puede presentarse en el lugar de A pues, como veíamos, B (el
signo) está dotado de significado. Por esto decíamos antes que si usted ha
entendido el dibujo o la descripción narrada de una situación determinada
entonces no necesitará obligatoriamente estar presente en la situación concreta a
la cual estos hacen referencia.
La comunicación se presenta en todas las especies y constituye una
posibilidad, para los miembros de cada una de ellas, de relacionarse entre sí. A su
vez, esta posibilidad de comunicación sirve para garantizar la supervivencia de la
especie en cuestión. En este aspecto, la especie humana no se diferencia de las
demás, pues en ella podemos observar el desarrollo de medios de comunicación
que la especie crea con los mismos fines de supervivencia.
No es el proceso de comunicación en sí lo que diferencia a las especies
sino el hecho de que, en el caso de la especie humana, los medios que el hombre
utiliza para este fin, son medios especializados que le permiten el
"distanciamiento" de la situación inmediata así como la comunicación de múltiples
contenidos que pueden incluir, además, su propia visión o impresión de los
hechos. Esta especialización de los medios de comunicación humanos se basa en
la capacidad, exclusivamente humana, de representar. Entendemos que la
representación es el proceso por el cual un elemento cualquiera puede servir
como sustituto y equivalente de cualquier otro elemento de la realidad objetiva.
Signos y símbolos
Tal como hemos expuesto antes, la capacidad de representar se
manifiesta de múltiples maneras y, así, podemos decir, que estamos rodeados de
manifestaciones de esta capacidad humana. Un buen ejercicio que usted podría
hacer sería el de anotar todos los signos que usted debe interpretar a lo largo de
un día: no solamente las palabras que escucha, lee o dice sino, también, el
semáforo y las demás señales de circulación (aunque usted vaya a pie deberá
tomarlas en cuenta), la mirada de su interlocutor, los gestos que hace su
interlocutor para apoyar lo que está diciéndole, si prende el televisor fíjese en que,
por ejemplo, el fondo musical en las películas de suspenso o de aventuras ha sido
escogido para apoyar lo que sucede en la pantalla... si hace el ejercicio notará que
usted interpreta todo el tiempo diferentes y variados tipos de signos.
Ante tal variedad debemos ahora encontrar un criterio que nos ayude a
entender su funcionamiento. Hemos estado utilizando hasta aquí el nombre
genérico de "signos" para aplicarlo a todas estas manifestaciones de la
representación, sin embargo, si nos fijamos atentamente encontraremos dos tipos
fundamentales que debemos diferenciar ahora: las representaciones en las cuales
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hay una cierta relación de semejanza entre A y B (mantendremos el esquema que
presentamos antes) y las representaciones en las cuales esta relación de
semejanza no se da.
Un ejemplo será la manera de presentar más claramente esta diferencia:
cuando nos referíamos al dibujo como elemento para representar el fuego, o bien,
al referirnos a las señas para "conversar a distancia" con el mesonero (señalando
botellas y personas o imitando el gesto de quien firma), estábamos ante ese tipo
de representaciones en las cuales hay una clara afinidad entre lo que
representamos y el medio que utilizamos para representarlo. Esta afinidad, a su
vez puede basarse en la semejanza (como en los dibujos y la pintura), en la
coexistencia de los dos elementos A y B en un momento determinado hasta el
punto de que podemos relacionarlos después de manera constante (como en el
caso de la cruz gamada que simboliza hoy el nazismo), o bien, porque estamos de
acuerdo en que hay aspectos compartidos por los dos elementos (como en el
caso de la representación de la justicia mediante una balanza equilibrada, para
expresar nuestra idea de que la justicia debe ser "igual para todos" y no se inclina
para favorecer a nadie).
Ferdinand de Saussure llamaba a este tipo de representaciones:
símbolos, para diferenciarlos de los signos propiamente tales en los cuales,
según Saussure, esta afinidad no existe.1
Veamos un ejemplo más: cuando la luz verde en un semáforo nos indica
que podemos continuar y la roja nos detiene, no se puede reconocer en estos
colores ningún tipo de factor que origine el hecho de que las sociedades humanas
los interpretemos de esa manera cuando estos se encuentran en un semáforo, a
excepción, por supuesto, del hecho de que todos parecemos estar de acuerdo
para regular el tránsito de esta manera. En este caso no hay semejanza, la
relación entre ambos se basa sólo en la representación. Tampoco hay semejanza
entre ese gesto tan común que consiste en agitar la mano con la palma hacia
afuera para saludarnos entre nosotros, si lo repetimos es porque sabemos que el
receptor lo entenderá como un gesto amistoso de saludo, es decir, que conoce su
significado. De esta manera, en el símbolo podemos hablar de una cierta
motivación en la relación de representación que se establece entre A y B mientras
que, en el signo, esta relación es inmotivada.
Basándose en esto, el mismo Ferdinand de Saussure habla de una
relación arbitraria entre el signo y lo que éste representa pues no hay nada que
haga depender al uno del otro. Hay que agregar aquí, como lo hace el mismo
Saussure, que el término "arbitrario" no significa que el signo que utilizamos puede
1 Nosotros seguiremos aquí la diferenciación establecida por Ferdinand de Saussure en su Curso de
Lingüística General. Dictado entre 1903 y 1906, este Curso fue publicado por los alumnos de
Saussure en 1916, tres años después de la muerte del hoy llamado "padre de la lingüística moderna".
La traducción y edición en español estuvo a cargo de Amado Alonso y fue publicada en Buenos
Aires por la editorial Losada en 1946.
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depender de la libre elección del emisor, de su creatividad. Este término se refiere
aquí a la característica que acabamos de señalar, es decir, que la relación es
inmotivada.
Volvamos al ejemplo del semáforo: ¿por qué escoger el rojo y no el violeta
o el mismo verde para indicar que hay que detenerse? No hay motivo, el uno o el
otro podrían representar igualmente esa "orden". Ahora bien, ¿por qué seguimos
usando el rojo para las señales de tránsito que significan "deténgase"? La
respuesta es sencilla: por tradición.
¿Y por qué mantener la tradición? Otra vez la respuesta es sencilla:
porque si cambiáramos todo el tiempo los colores entonces nunca podríamos
saber con certeza qué es lo que significa esa señal.
Esa tradición está basada en un acuerdo según el cual todos
entenderemos que el rojo, y sólo el rojo, indican "deténgase". Como no hay nada
que se parezca a este mensaje entonces podemos escoger cualquier cosa para
representarlo. La escogencia es inmotivada y arbitraria.
Y ahora ¿por qué, a pesar de esta relación inmotivada, entendemos los
signos que se nos presentan constantemente? Aparece entonces un aspecto
fundamental en el funcionamiento comunicativo de los símbolos y de los signos: la
convención social.
Todo grupo humano establece acuerdos que determinan no sólo la
posibilidad de la comunicación sino también la existencia del grupo mismo, son
acuerdos que regulan la vida del grupo como tal. El ejemplo más evidente de este
tipo de pactos es la legislación que rige nuestros actos públicos. Ahora bien, junto
a estas leyes expresas existen otras que, al igual que aquellas, determinan
nuestro comportamiento cotidiano. Del conocimiento de estas otras leyes depende
que seamos reconocidos como miembros de una sociedad o no.
Cada grupo social establece sus acuerdos y estos, en el tiempo,
fundamentarán las tradiciones, creencias, mitos, leyendas y costumbres que
caracterizan su cultura y, a su vez, la diferencian de las demás. Es imposible
encontrar el momento en el cual se realizaron estos acuerdos, no hay acta ni
firmas que los suscriban, no estamos ante una causa y su efecto pues la relación
es bipolar: la cultura y las tradiciones se fundan en las convenciones de un grupo
y, a la vez, estas convenciones dependen de la cultura y las tradiciones, pues sólo
estableceremos (o aceptaremos) convenciones que se ajusten a nuestras
costumbres.
Hemos dicho que la representación es la capacidad humana para crear
sustitutos de la realidad material y que estos sustitutos nos sirven como
instrumentos de comunicación. Pues bien, se comprenderá enseguida que si nos
comunicamos mediante elementos distintos de la realidad objetiva tenemos que
estar de acuerdo sobre cuáles serán los sustitutos que utilizaremos pues, de otra
manera, no hay comunicación posible.
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De esta manera, tanto en el caso del símbolo como en el caso del signo, la
convención es necesaria pues únicamente de ella depende el hecho de que
podamos comprenderlos. Si le parece que, en el caso de los símbolos creados por
semejanza con el elemento que representan, esta condición de la
convencionalidad no es necesaria, entonces piense solamente en la historia de la
pintura y en cómo la misma montaña puede ser representada pictóricamente de
maneras diferentes por miembros de diferentes culturas, o de diferentes épocas
de una misma cultura.
Al mismo tiempo, la convención es "doblemente" necesaria en el caso de
los signos, que hemos caracterizado como arbitrarios pues, al no haber ningún
tipo de motivación que nos oriente sobre su significado, sólo la convención nos
permitirá saber qué es lo que representan. Así, en el ejemplo del restorán, sólo las
convenciones permiten que el mesonero sepa que cuando alzamos la mano y
hacemos un gesto como de firmar, le estamos pidiendo la cuenta pues, de otra
manera, éste podría pensar que se trata de un tic nervioso. De hecho, esto podría
pasarnos si intentamos este gesto en algún lugar donde esta convención no
exista. Es también lo que sucede en el caso de las diferentes lenguas del mundo,
tan diferentes entre sí en sus manifestaciones concretas, aunque se fundan en los
mismos principios generales.
De acuerdo con lo dicho hasta aquí y manteniendo el esquema de la
representación que presentábamos en el aparte anterior, podemos caracterizar la
relación de representación en el signo y en el símbolo como sigue:
Si B es el símbolo de A entonces la relación de representación es
convencional y motivada por una cierta semejanza entre ambos.
Si B es el signo de A entonces la relación entre ambos es convencional e
inmotivada o arbitraria.

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