Bases biológicas, psicológicas y sociales implicadas en
la facultad del lenguaje
Base anatomofisiológica
El hecho de que la capacidad de representación y, con ella, el lenguaje se
presente específicamente en la especie humana ha hecho pensar con mucha
frecuencia en la existencia de un "órgano" que sirva de asiento para esta
capacidad. La investigación en este sentido nos ha demostrado más bien lo
contrario, que no se trata de un órgano específico del cual dependería en
exclusiva esta facultad sino que, al contrario, es necesario el concurso de muchos
y muy diferentes aspectos en la constitución anatómica del ser humano para que
el lenguaje exista tal y como lo conocemos. La medicina está aún lejos de
proporcionarnos una respuesta definitiva, sin embargo, la investigación adelantada
por esta ciencia nos confirma, cada vez con más datos, la hipótesis de la
existencia de un fundamento biológico para esta capacidad humana que, tal como
decíamos, no se localiza específicamente en un órgano de nuestro cuerpo sino
que recurre a muchos de ellos y, sobre todo, a las relaciones en el funcionamiento
de todos ellos. Se trata, también en la base anatomofisiológica, de un sistema.
Eric H. Lenneberg, uno de los más adelantados estudiosos de la relación
biología-lenguaje, en su artículo: "Una perspectiva biológica del lenguaje" (Nuevas
direcciones en el estudio del lenguaje. 1974. Madrid, Revista de Occidente.),
presenta cinco razones principales por las cuales se puede pensar en una
disposición biológica, propia del ser humano, en la base de su capacidad
lingüística. Estas razones son las siguientes:
1º. Relaciones recíprocas anatómicas y fisiológicas.
Hay evidencia creciente de que el comportamiento verbal está relacionado con
gran número de especializaciones morfológicas y funcionales tales como la
morfología audiofaríngea; predominio cerebral; especialización de la topografía
cerebrocortical; coordinación especial de los centros para el movimiento necesario
al habla; percepción del lóbulo temporal especializado; ajuste especial respiratorio
y tolerancia para prolongadas actividades del habla y una amplia elección de
especializaciones sensoriales y cognitivas, prerrequisitos para la percepción del
lenguaje (Lenneberg 1974: 83).
Como se puede ver en la extensa cita que acabamos de hacer de la obra
de Lenneberg, se trata en efecto de una larga lista de aspectos implicados en la
producción, recepción y comprensión del lenguaje. Cada uno de estos rasgos que
menciona Lenneberg tiene un papel particular e importante en la existencia del
lenguaje en la especie, sin embargo, no es el responsable absoluto de esta
capacidad pues necesitará del concurso de todos los demás para que el lenguaje
sea adquirido y se desarrolle en forma normal en cada individuo. Justamente, el
segundo aspecto que llama la atención a Lenneberg tiene que ver con esto que
acabamos de mencionar:
2º. El orden del desarrollo. En efecto, tal como veremos más adelante en
este mismo curso, el lenguaje se desarrolla en cada niño de acuerdo con un orden
estable en los procesos y estrategias que sigue todo niño para adquirir su lengua
materna. En otras palabras, cada lengua particular puede determinar la
adquisición de ciertas estructuras lingüísticas antes que otras, ciertos elementos
antes que otros, pero los procesos generales de adquisición son
sorprendentemente regulares y ordenados en su sucesión.
El tercer aspecto que nota Lenneberg tiene que ver, a su vez, con éste que
acabamos de presentar:
3º. La dificultad de suprimir el lenguaje. Según Lenneberg la capacidad
para adquirir el lenguaje está tan arraigada en la naturaleza humana que éste
aparecerá en cada individuo aun si debe enfrentarse con obstáculos que harían
presumir su supresión. Así, el niño con padecimientos congénitos como ceguera o
síndrome de Down manifiesta desde temprano sus capacidades lingüísticas y
logra desarrollar el lenguaje oral, mientras que los niños con sordera congénita
descubrirán además medios como las señas para empezar a comunicarse
lingüísticamente con sus semejantes. Asimismo en los casos de aislamiento, en
los cuales el niño no recibe atención por parte de los adultos y, con ello, no
encuentra un modelo lingüístico para interactuar con los demás. En todos estos
casos, a pesar del comprensible retardo que pueda notarse en la adquisición, el
lenguaje siempre aparece y se establece.
4º. El lenguaje no puede ser enseñado. Esto, evidentemente no quiere
decir que no podamos ayudar al niño en la adquisición de su lengua puesto que,
por el contrario, como acabamos de señalar arriba, el niño necesitará de un
entorno adulto dispuesto a proporcionar los modelos de interacción lingüística que
él deberá desarrollar. Tampoco quiere decir que, una vez adquirido, no podamos
mejorar sensiblemente el desempeño lingüístico de niños y adultos mediante la
orientación y la enseñanza sobre la lengua materna. A lo que Lenneberg se
refiere, en este caso, es al hecho de que en muchas oportunidades se ha
intentado enseñar el lenguaje humano (una lengua determinada) a individuos de
otras especies (los favoritos para estos experimentos han sido los monos). Los
resultados de estos experimentos han sido, algunas veces, espectaculares pues,
en efecto, en algunos casos se ha logrado un entrenamiento tal que permite la
producción de respuestas en los animales que nos hacen pensar realmente en el
aprendizaje de una lengua. Muchos no-especialistas pueden dejarse impresionar
por esto, sin embargo, los propios experimentadores son los primeros en
reconocer que la importancia de estas experiencias radica en el hecho de que,
más que mostrar que los animales han aprendido una lengua, éstas muestran por
el contrario que la única especie capaz de adquirir, crear y recrear lenguajes es la
especie humana. Estos experimentos con animales nos han enseñado más sobre
nosotros y nuestras propias capacidades que sobre ellos.
5º. Los principios universales del lenguaje. Lenneberg no puede dejar de
notar el hecho de que, a pesar de la multitud de lenguas que encontramos en el
globo terrestre y a pesar de pertenecer éstas a diferentes familias lingüísticas sin
conexión histórica, todas las lenguas se estructuran de acuerdo a los mismos
principios, es decir, distinguen una serie de sonidos con los cuales forman
palabras dotadas de significado y éstas a su vez se organizan, de acuerdo con
ciertos principios sintácticos, en unidades mayores como las oraciones, es decir,
todas tienen una fonología, una sintaxis, una semántica y un léxico.
Si aceptamos la hipótesis de un fundamento biológico del lenguaje
tenemos preguntarnos todavía ¿de dónde viene la capacidad lingüística en el ser
humano? Esta pregunta sigue siendo legítima a pesar de que, tal como ya dijimos,
el lenguaje, medio de expresión privilegiada del cual dispone sólo el hombre,
plantea aún numerosos problemas a los especialistas con respecto a los
mecanismos fisiológicos y las estructuras cerebrales que están en su origen. Aun
así, presentaremos aquí muy brevemente los principales órganos implicados en el
desempeño lingüístico. Estos órganos son: el cerebro (mecanismo central) y los
órganos implicados en la producción, es decir, el proceso total de elaboración de
un mensaje lingüístico, y en la recepción, el proceso que tiene lugar una vez que el
mensaje ha sido emitido (mecanismos periféricos).
El cerebro constituye el centro de coordinación de los procesos de
recepción y producción del lenguaje, controla no solamente los centros motores
necesarios para ello sino las capacidades más específicas. Por otra parte, además
de ocuparse de los procesos "mecánicos", el cerebro es el asiento de las todas
percepciones que tenemos de nuestro entorno (y no solamente las auditivas) y
que se relacionan con nuestra comprensión de los mensajes lingüísticos. Además,
la memoria, esa capacidad humana igualmente fundamental para que el lenguaje
pueda existir, también encuentra allí su espacio. Pocas veces se insiste en la
importancia de la memoria para la comunicación lingüística, nosotros la
señalaremos sin poder extendernos en su consideración: el rol de la memoria va
mucho más allá del simple hecho de "recordar palabras", esa memoria es la que el
hombre ha podido reproducir en las computadoras; ahora bien, lo que las
computadoras no han podido hacer y el hombre sí es "recordar experiencias" y
aprender de ellas, imaginar soluciones por anticipado sobre la base de ese
aprendizaje, acumular sentimientos hacia el mundo que lo rodea. La memoria es
el archivo de todo lo que nos hace humanos y nos diferencia de los demás
animales y de las máquinas, en ella encontramos el contenido humano a
comunicar ya que, de otra manera, nuestros mensajes se reducirían a la
producción de sonidos sin "alma".
Destinados a otros fines, en la evolución de la especie el lenguaje se
"apropió" de los órganos respiratorios hasta el punto de que, para la lingüística,
esta función primordial para la vida ya casi no cuenta y los llama órganos vocales,
o bien aparato fonador. Los órganos vocales incluyen: los pulmones, la tráquea, la
laringe (que contiene las cuerdas vocales), la faringe (garganta), la boca (y, en
ella, los dientes, la lengua, el paladar y el velo (la campanilla)) y la nariz. Antes de
producir cualquier sonido, es necesaria una fuente de energía, en el caso del
habla ésta proviene del flujo de aire que se pone en movimiento en los pulmones y
que atraviesa todo el aparato vocal, en la expiración respiratoria. Justamente, en la
expiración, se constata que el flujo de aire puede ser inaudible, ahora bien, si el
aire se encuentra con alguna interferencia, el aparato respiratorio se convierte en
una caja de resonancia y el flujo de aire produce el sonido. Para consolidar esta
relación que venimos haciendo entre la respiración y la producción del habla,
notaremos que el patrón normal del ciclo respiratorio es el de igualar el tiempo de
inhalación y de exhalación (lo que ocurre normalmente cuando estamos
dormidos), ahora bien, mientras hablamos este ciclo cambia a un patrón en el cual
hay una rápida inhalación y una exhalación muy lenta. Normalmente, mientras
descansamos respiramos unas 20 veces por segundo pero, mientras hablamos,
nuestras inhalaciones pueden reducirse a menos de 10 por segundo. Esta
posibilidad de regular la respiración es fundamental para que el habla pueda
producirse y esta es una más de las varias razones por las cuales podemos
pensar en un fundamento biológico para el lenguaje humano.
Por su parte, el "aparato receptor" del lenguaje está constituido por el
oído externo (el pabellón y el canal auditivo), que colabora en la localización y
centralización de las ondas sonoras; el oído medio (el tímpano y la cadena de
huesecillos), cuya principal función es la de transformar las vibraciones que llegan
al tímpano en movimiento mecánico que será transmitido luego al oído interno
(también conocido como el laberinto) que se encarga de enviar las señales
sonoras al cerebro para su decodificación.
El funcionamiento de la capacidad receptora así como la orientación de la
selección de "lo que se quiere oír" es algo en lo cual todos tenemos experiencia
práctica pues es lo que pasa cuando nos aislamos de los ruidos del ambiente para
concentrarnos en una conversación, o escogemos la conversación que queremos
oír (en una fiesta donde hay varias conversaciones a la vez, por ejemplo).
También, reforzamos la recepción cuando volteamos la cabeza hacia el emisor o
nos fijamos en el movimiento de sus labios, mirada y gestos. Por esto, aunque es
innegable el rol del oído en la recepción del lenguaje (tanto más fundamental
cuanto que el principal medio de transmisión lingüística es el sonido), no podemos
separar a los demás sentidos que colaboran igualmente en la recepción completa
de los mensajes (lo cual se evidencia en los casos en los cuales falla algún otro
órgano de los sentidos, como la visión por ejemplo).
Esta breve revisión del rol de los órganos centrales y periféricos
relacionados con el lenguaje nos ha mostrado que, en efecto, hay una red
anatomofisiológica fundamentando el desempeño lingüístico en el hombre aunque
no podemos reconocer órganos o centros anatómicos previstos sólo para
este fin. La disciplina lingüística que tiene como objeto de estudio la relación entre
nuestras condiciones neurofisiológicas y la capacidad lingüística (de la especie, o
de los individuos), es la neurolingüística.
Base social
Consideraremos ahora otro aspecto de la vida humana relacionado
directamente con la representación y con el lenguaje: la sociedad.
Ya hemos desarrollado este aspecto en apartes anteriores, por ello, tal vez
no sea necesario insistir en él de nuevo, sin embargo, veamos qué es lo que ya
sabemos y también algunos ejemplos más que nos pueden ayudar a ver mejor la
relación sociedad-lenguaje.
En primer lugar, cuando hablábamos de comunicación, nos referíamos a
ella como un medio de cooperación entre los miembros de un grupo, animal o
humano, que colaboraba en la supervivencia de la especie. La existencia de un
grupo es, evidentemente, condición necesaria para que la comunicación se dé,
debe haber receptores para los mensajes que se emiten. Por otra parte, la
existencia de la comunicación es un modo de darle cohesión interna al grupo,
permite la relación necesaria para que éste actúe como tal y enfrente el medio
natural. El par "causa-consecuencia" se presenta aquí más que como una relación
lineal y unidireccional, como una relación circular pues ambas, tanto la sociedad
como la comunicación, son a la vez causa y consecuencia la una de la otra. Se
apoyan mutuamente.
Ya en el caso de los humanos exclusivamente, en los apartes anteriores
nos referíamos también a una manera más general de dar coherencia interna al
grupo: las convenciones, los acuerdos que se establecen necesariamente en los
grupos humanos para regular el funcionamiento interno de ese grupo.
Entre las varias convenciones humanas que conocemos mencionábamos
una en particular: la legislación. ¿Podría establecerse un cuerpo de leyes sociales
si no contáramos con el lenguaje? ¿Cómo se administraría la justicia? Esta
estrecha relación entre el lenguaje y la administración de justicia es algo que los
abogados conocen desde muy temprano en la historia, no olvidemos que la
retórica clásica fue, en la primera democracia de la historia, el arte que enseñaba
las técnicas de persuasión y la elocuencia al orador que debe demostrar que su
causa es justa, "el arte de ganarse las almas de los hombres por medio de las
palabras" como decía Platón. Al mismo tiempo, a la retórica debemos la primera
reflexión sobre el funcionamiento del lenguaje como medio de comunicación.
Podríamos pensar entonces que esta posibilidad de establecer acuerdos
dentro del grupo es, además del fundamento, la causa de la capacidad lingüística
del ser humano y, sin embargo, debemos detener enseguida cualquier idea que
vaya en esa dirección pues, viéndolo bien, los acuerdos no podrían establecerse
sin que hubiera comunicación, por lo que las convenciones que se establecen en
el grupo se nos aparecen también como su consecuencia. Se trata una vez más
de una relación bipolar en la cual la comunicación está implicada, esta vez los
términos de la relación son: comunicación-convenciones. Una vez más podemos
decir que ambas son, al mismo tiempo, causa y consecuencia la una de la otra.
No olvidemos que, al hablar de convenciones, dijimos que tanto el símbolo
como el signo necesitan de estos acuerdos para poder ser entendidos por todos
los miembros del grupo. Si insistiéramos una vez más en este punto nos
encontraríamos de nuevo con una relación bipolar como las anteriores. No está de
más insistir aquí sobre las diferencias que existen entre el lenguaje por una parte y
los demás medios de comunicación humanas, por la otra. Diferencias basadas en
la posibilidad de especificación y reformulación que el lenguaje articulado
permite y los demás medios no.
Veamos ahora un ejemplo, una institución humana en la cual tanto los
emisores como los receptores de este curso están involucrados: la educación. No
sólo este libro sino todos los libros que se han escrito en la historia y, más
importante todavía, todas las clases que se han dado son el testimonio del rol
predominante del lenguaje en el proceso enseñanza-aprendizaje. La educación es
impensable sin el lenguaje. Por otra parte, todos nosotros aprendemos
cotidianamente fuera de las aulas y las bibliotecas: al permitir la expresión de la
experiencia individual, el lenguaje nos permite aprovechar las experiencias de los
demás para compensar lo que a nosotros se nos escapó.
El comercio, la iglesia, la política, son ejemplo de otras instituciones que
han basado su desarrollo en la historia en el hecho de que contamos con el
lenguaje. La sociedad humana se ha desarrollado de tal manera que resulta cada
vez más compleja. Debemos preguntarnos cuánto de ese desarrollo no ha
dependido de nuestra capacidad para representar, para comunicarnos "a
distancia", y, sobre todo, para hablar. Estamos seguros de que el hombre no
habría sido capaz de llevar a cabo su historia tal y como la conocemos hoy si no
hubiera contado con la ayuda del lenguaje, y esto a pesar de que ha necesitado
otros recursos.
Así, el lenguaje no es una mera manifestación instintiva en el hombre
pues, aun fundamentado en una base anatomofisiológica (que, como ya vimos, es
sumamente importante), el lenguaje es sobre todo una manifestación cultural y
social.
La disciplina que se ocupa de las relaciones entre el uso del lenguaje y el
(o los) grupos sociales a que pertenece es la sociolingüística.
Base psicológica
Otro elemento importante para la existencia del lenguaje, que ya hemos
señalado varias veces aquí sin detenernos especialmente en él, es el propio
individuo o, más específicamente, la individualidad.
Seguramente usted ha estado alguna vez en una de esas reuniones donde
todo el mundo está de acuerdo pero, sin embargo, se produce una discusión que
termina, normalmente, por el reconocimiento de que todos están diciendo lo
mismo y que, fundamentalmente, todos están de acuerdo. En ese tipo de
reuniones nos servimos al máximo de esa propiedad del lenguaje que permite
"decir lo mismo de diferentes maneras", es decir, rearticular nuestra experiencia en
discursos diferentes que cada vez parecen "como nuevos". Al hacer esto, cada
uno de los participantes en esa reunión está expresando su propio punto de vista,
la manera como ese individuo en particular concibe su experiencia; está
expresando ese aspecto que le parece novedoso y diferente con respecto a lo que
ha oído decir a los demás. Casi como una paradoja, el lenguaje representa, al
mismo tiempo, nuestra posibilidad de expresarnos como miembros de un grupo y
como individuos separados.
La psicología, como ciencia que se ocupa del estudio del comportamiento
humano, puede enseñarnos mucho sobre los comportamientos del individuo en
los que está implicado el lenguaje el cual, como ya vimos, está casi todo el tiempo
presente en nuestras vidas.
En este sentido, por ejemplo, la investigación en psicología nos ha
enseñado que la percepción (visual, auditiva, etc.) es selectiva, es decir: lo que
recibimos del entorno llega a nuestros aparatos receptores pero no todo es
asimilado por nuestro organismo. Lo real (visto, oído o sentido) es mucho más rico
de lo que podemos captar. A su vez, esta selección depende no sólo de nuestros
aparatos receptores sino también de aquello que hemos aprendido a reconocer
como lo más importante en una situación y que, por lo tanto, debemos percibir a
fin de entender de qué tipo de situación o de realidad se trata. Es por esta
segunda razón que muchos fenómenos, que desde el punto de vista fisiológico
son perfectamente audibles, no son tomados en cuenta puesto que, tales
fenómenos, se encuentran fuera del modelo de aquello que hemos aprendido a
distinguir como importante en la emisión lingüística (los fonemas a los que nos
referíamos anteriormente). Esta selección de lo que se percibe, determinada por
las experiencias anteriores, es decir, por el aprendizaje, se pone de manifiesto en
la dificultad que, en general, tenemos los adultos para "oír" las lenguas extranjeras
y poder aprender a pronunciarlas correctamente.
Por otra parte, hemos dicho anteriormente que, gracias a la
representación, podemos distanciarnos de la situación inmediata. La psicología
puede enseñarnos mucho sobre los procesos de generalización y abstracción de
la experiencia inmediata, necesarios para que haya representación y, sobre todo,
para que los elementos que escogemos como "representantes" (signos) de una
situación determinada estén dotados, en cada caso, de un significado. Estos
mismos procesos de generalización y abstracción están ligados a nuestro
desarrollo cognoscitivo, es decir, a nuestra capacidad de conocer y aprender a
partir de nuestras experiencias. Los procesos del aprendizaje son un área
privilegiada en la investigación psicológica y, sin embargo, es mucho lo que nos
falta por entender todavía sobre la relación que se establece entre el lenguaje y el
conocimiento.
La disciplina lingüística que se ocupa de estas relaciones entre el individuo
y su lengua es la psicolingüística.
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