Bases biológicas, psicológicas y sociales implicadas en
la facultad del lenguaje
Base anatomofisiológica
El hecho de que la capacidad de representación y, con ella, el lenguaje se
presente específicamente en la especie humana ha hecho pensar con mucha
frecuencia en la existencia de un "órgano" que sirva de asiento para esta
capacidad. La investigación en este sentido nos ha demostrado más bien lo
contrario, que no se trata de un órgano específico del cual dependería en
exclusiva esta facultad sino que, al contrario, es necesario el concurso de muchos
y muy diferentes aspectos en la constitución anatómica del ser humano para que
el lenguaje exista tal y como lo conocemos. La medicina está aún lejos de
proporcionarnos una respuesta definitiva, sin embargo, la investigación adelantada
por esta ciencia nos confirma, cada vez con más datos, la hipótesis de la
existencia de un fundamento biológico para esta capacidad humana que, tal como
decíamos, no se localiza específicamente en un órgano de nuestro cuerpo sino
que recurre a muchos de ellos y, sobre todo, a las relaciones en el funcionamiento
de todos ellos. Se trata, también en la base anatomofisiológica, de un sistema.
Eric H. Lenneberg, uno de los más adelantados estudiosos de la relación
biología-lenguaje, en su artículo: "Una perspectiva biológica del lenguaje" (Nuevas
direcciones en el estudio del lenguaje. 1974. Madrid, Revista de Occidente.),
presenta cinco razones principales por las cuales se puede pensar en una
disposición biológica, propia del ser humano, en la base de su capacidad
lingüística. Estas razones son las siguientes:
1º. Relaciones recíprocas anatómicas y fisiológicas.
Hay evidencia creciente de que el comportamiento verbal está relacionado con
gran número de especializaciones morfológicas y funcionales tales como la
morfología audiofaríngea; predominio cerebral; especialización de la topografía
cerebrocortical; coordinación especial de los centros para el movimiento necesario
al habla; percepción del lóbulo temporal especializado; ajuste especial respiratorio
y tolerancia para prolongadas actividades del habla y una amplia elección de
especializaciones sensoriales y cognitivas, prerrequisitos para la percepción del
lenguaje (Lenneberg 1974: 83).
Como se puede ver en la extensa cita que acabamos de hacer de la obra
de Lenneberg, se trata en efecto de una larga lista de aspectos implicados en la
producción, recepción y comprensión del lenguaje. Cada uno de estos rasgos que
menciona Lenneberg tiene un papel particular e importante en la existencia del
lenguaje en la especie, sin embargo, no es el responsable absoluto de esta
capacidad pues necesitará del concurso de todos los demás para que el lenguaje
sea adquirido y se desarrolle en forma normal en cada individuo. Justamente, el
segundo aspecto que llama la atención a Lenneberg tiene que ver con esto que
acabamos de mencionar:
2º. El orden del desarrollo. En efecto, tal como veremos más adelante en
este mismo curso, el lenguaje se desarrolla en cada niño de acuerdo con un orden
estable en los procesos y estrategias que sigue todo niño para adquirir su lengua
materna. En otras palabras, cada lengua particular puede determinar la
adquisición de ciertas estructuras lingüísticas antes que otras, ciertos elementos
antes que otros, pero los procesos generales de adquisición son
sorprendentemente regulares y ordenados en su sucesión.
El tercer aspecto que nota Lenneberg tiene que ver, a su vez, con éste que
acabamos de presentar:
3º. La dificultad de suprimir el lenguaje. Según Lenneberg la capacidad
para adquirir el lenguaje está tan arraigada en la naturaleza humana que éste
aparecerá en cada individuo aun si debe enfrentarse con obstáculos que harían
presumir su supresión. Así, el niño con padecimientos congénitos como ceguera o
síndrome de Down manifiesta desde temprano sus capacidades lingüísticas y
logra desarrollar el lenguaje oral, mientras que los niños con sordera congénita
descubrirán además medios como las señas para empezar a comunicarse
lingüísticamente con sus semejantes. Asimismo en los casos de aislamiento, en
los cuales el niño no recibe atención por parte de los adultos y, con ello, no
encuentra un modelo lingüístico para interactuar con los demás. En todos estos
casos, a pesar del comprensible retardo que pueda notarse en la adquisición, el
lenguaje siempre aparece y se establece.
4º. El lenguaje no puede ser enseñado. Esto, evidentemente no quiere
decir que no podamos ayudar al niño en la adquisición de su lengua puesto que,
por el contrario, como acabamos de señalar arriba, el niño necesitará de un
entorno adulto dispuesto a proporcionar los modelos de interacción lingüística que
él deberá desarrollar. Tampoco quiere decir que, una vez adquirido, no podamos
mejorar sensiblemente el desempeño lingüístico de niños y adultos mediante la
orientación y la enseñanza sobre la lengua materna. A lo que Lenneberg se
refiere, en este caso, es al hecho de que en muchas oportunidades se ha
intentado enseñar el lenguaje humano (una lengua determinada) a individuos de
otras especies (los favoritos para estos experimentos han sido los monos). Los
resultados de estos experimentos han sido, algunas veces, espectaculares pues,
en efecto, en algunos casos se ha logrado un entrenamiento tal que permite la
producción de respuestas en los animales que nos hacen pensar realmente en el
aprendizaje de una lengua. Muchos no-especialistas pueden dejarse impresionar
por esto, sin embargo, los propios experimentadores son los primeros en
reconocer que la importancia de estas experiencias radica en el hecho de que,
más que mostrar que los animales han aprendido una lengua, éstas muestran por
el contrario que la única especie capaz de adquirir, crear y recrear lenguajes es la
especie humana. Estos experimentos con animales nos han enseñado más sobre
nosotros y nuestras propias capacidades que sobre ellos.
5º. Los principios universales del lenguaje. Lenneberg no puede dejar de
notar el hecho de que, a pesar de la multitud de lenguas que encontramos en el
globo terrestre y a pesar de pertenecer éstas a diferentes familias lingüísticas sin
conexión histórica, todas las lenguas se estructuran de acuerdo a los mismos
principios, es decir, distinguen una serie de sonidos con los cuales forman
palabras dotadas de significado y éstas a su vez se organizan, de acuerdo con
ciertos principios sintácticos, en unidades mayores como las oraciones, es decir,
todas tienen una fonología, una sintaxis, una semántica y un léxico.
Si aceptamos la hipótesis de un fundamento biológico del lenguaje
tenemos preguntarnos todavía ¿de dónde viene la capacidad lingüística en el ser
humano? Esta pregunta sigue siendo legítima a pesar de que, tal como ya dijimos,
el lenguaje, medio de expresión privilegiada del cual dispone sólo el hombre,
plantea aún numerosos problemas a los especialistas con respecto a los
mecanismos fisiológicos y las estructuras cerebrales que están en su origen. Aun
así, presentaremos aquí muy brevemente los principales órganos implicados en el
desempeño lingüístico. Estos órganos son: el cerebro (mecanismo central) y los
órganos implicados en la producción, es decir, el proceso total de elaboración de
un mensaje lingüístico, y en la recepción, el proceso que tiene lugar una vez que el
mensaje ha sido emitido (mecanismos periféricos).
El cerebro constituye el centro de coordinación de los procesos de
recepción y producción del lenguaje, controla no solamente los centros motores
necesarios para ello sino las capacidades más específicas. Por otra parte, además
de ocuparse de los procesos "mecánicos", el cerebro es el asiento de las todas
percepciones que tenemos de nuestro entorno (y no solamente las auditivas) y
que se relacionan con nuestra comprensión de los mensajes lingüísticos. Además,
la memoria, esa capacidad humana igualmente fundamental para que el lenguaje
pueda existir, también encuentra allí su espacio. Pocas veces se insiste en la
importancia de la memoria para la comunicación lingüística, nosotros la
señalaremos sin poder extendernos en su consideración: el rol de la memoria va
mucho más allá del simple hecho de "recordar palabras", esa memoria es la que el
hombre ha podido reproducir en las computadoras; ahora bien, lo que las
computadoras no han podido hacer y el hombre sí es "recordar experiencias" y
aprender de ellas, imaginar soluciones por anticipado sobre la base de ese
aprendizaje, acumular sentimientos hacia el mundo que lo rodea. La memoria es
el archivo de todo lo que nos hace humanos y nos diferencia de los demás
animales y de las máquinas, en ella encontramos el contenido humano a
comunicar ya que, de otra manera, nuestros mensajes se reducirían a la
producción de sonidos sin "alma".
Destinados a otros fines, en la evolución de la especie el lenguaje se
"apropió" de los órganos respiratorios hasta el punto de que, para la lingüística,
esta función primordial para la vida ya casi no cuenta y los llama órganos vocales,
o bien aparato fonador. Los órganos vocales incluyen: los pulmones, la tráquea, la
laringe (que contiene las cuerdas vocales), la faringe (garganta), la boca (y, en
ella, los dientes, la lengua, el paladar y el velo (la campanilla)) y la nariz. Antes de
producir cualquier sonido, es necesaria una fuente de energía, en el caso del
habla ésta proviene del flujo de aire que se pone en movimiento en los pulmones y
que atraviesa todo el aparato vocal, en la expiración respiratoria. Justamente, en la
expiración, se constata que el flujo de aire puede ser inaudible, ahora bien, si el
aire se encuentra con alguna interferencia, el aparato respiratorio se convierte en
una caja de resonancia y el flujo de aire produce el sonido. Para consolidar esta
relación que venimos haciendo entre la respiración y la producción del habla,
notaremos que el patrón normal del ciclo respiratorio es el de igualar el tiempo de
inhalación y de exhalación (lo que ocurre normalmente cuando estamos
dormidos), ahora bien, mientras hablamos este ciclo cambia a un patrón en el cual
hay una rápida inhalación y una exhalación muy lenta. Normalmente, mientras
descansamos respiramos unas 20 veces por segundo pero, mientras hablamos,
nuestras inhalaciones pueden reducirse a menos de 10 por segundo. Esta
posibilidad de regular la respiración es fundamental para que el habla pueda
producirse y esta es una más de las varias razones por las cuales podemos
pensar en un fundamento biológico para el lenguaje humano.
Por su parte, el "aparato receptor" del lenguaje está constituido por el
oído externo (el pabellón y el canal auditivo), que colabora en la localización y
centralización de las ondas sonoras; el oído medio (el tímpano y la cadena de
huesecillos), cuya principal función es la de transformar las vibraciones que llegan
al tímpano en movimiento mecánico que será transmitido luego al oído interno
(también conocido como el laberinto) que se encarga de enviar las señales
sonoras al cerebro para su decodificación.
El funcionamiento de la capacidad receptora así como la orientación de la
selección de "lo que se quiere oír" es algo en lo cual todos tenemos experiencia
práctica pues es lo que pasa cuando nos aislamos de los ruidos del ambiente para
concentrarnos en una conversación, o escogemos la conversación que queremos
oír (en una fiesta donde hay varias conversaciones a la vez, por ejemplo).
También, reforzamos la recepción cuando volteamos la cabeza hacia el emisor o
nos fijamos en el movimiento de sus labios, mirada y gestos. Por esto, aunque es
innegable el rol del oído en la recepción del lenguaje (tanto más fundamental
cuanto que el principal medio de transmisión lingüística es el sonido), no podemos
separar a los demás sentidos que colaboran igualmente en la recepción completa
de los mensajes (lo cual se evidencia en los casos en los cuales falla algún otro
órgano de los sentidos, como la visión por ejemplo).
Esta breve revisión del rol de los órganos centrales y periféricos
relacionados con el lenguaje nos ha mostrado que, en efecto, hay una red
anatomofisiológica fundamentando el desempeño lingüístico en el hombre aunque
no podemos reconocer órganos o centros anatómicos previstos sólo para
este fin. La disciplina lingüística que tiene como objeto de estudio la relación entre
nuestras condiciones neurofisiológicas y la capacidad lingüística (de la especie, o
de los individuos), es la neurolingüística.
Base social
Consideraremos ahora otro aspecto de la vida humana relacionado
directamente con la representación y con el lenguaje: la sociedad.
Ya hemos desarrollado este aspecto en apartes anteriores, por ello, tal vez
no sea necesario insistir en él de nuevo, sin embargo, veamos qué es lo que ya
sabemos y también algunos ejemplos más que nos pueden ayudar a ver mejor la
relación sociedad-lenguaje.
En primer lugar, cuando hablábamos de comunicación, nos referíamos a
ella como un medio de cooperación entre los miembros de un grupo, animal o
humano, que colaboraba en la supervivencia de la especie. La existencia de un
grupo es, evidentemente, condición necesaria para que la comunicación se dé,
debe haber receptores para los mensajes que se emiten. Por otra parte, la
existencia de la comunicación es un modo de darle cohesión interna al grupo,
permite la relación necesaria para que éste actúe como tal y enfrente el medio
natural. El par "causa-consecuencia" se presenta aquí más que como una relación
lineal y unidireccional, como una relación circular pues ambas, tanto la sociedad
como la comunicación, son a la vez causa y consecuencia la una de la otra. Se
apoyan mutuamente.
Ya en el caso de los humanos exclusivamente, en los apartes anteriores
nos referíamos también a una manera más general de dar coherencia interna al
grupo: las convenciones, los acuerdos que se establecen necesariamente en los
grupos humanos para regular el funcionamiento interno de ese grupo.
Entre las varias convenciones humanas que conocemos mencionábamos
una en particular: la legislación. ¿Podría establecerse un cuerpo de leyes sociales
si no contáramos con el lenguaje? ¿Cómo se administraría la justicia? Esta
estrecha relación entre el lenguaje y la administración de justicia es algo que los
abogados conocen desde muy temprano en la historia, no olvidemos que la
retórica clásica fue, en la primera democracia de la historia, el arte que enseñaba
las técnicas de persuasión y la elocuencia al orador que debe demostrar que su
causa es justa, "el arte de ganarse las almas de los hombres por medio de las
palabras" como decía Platón. Al mismo tiempo, a la retórica debemos la primera
reflexión sobre el funcionamiento del lenguaje como medio de comunicación.
Podríamos pensar entonces que esta posibilidad de establecer acuerdos
dentro del grupo es, además del fundamento, la causa de la capacidad lingüística
del ser humano y, sin embargo, debemos detener enseguida cualquier idea que
vaya en esa dirección pues, viéndolo bien, los acuerdos no podrían establecerse
sin que hubiera comunicación, por lo que las convenciones que se establecen en
el grupo se nos aparecen también como su consecuencia. Se trata una vez más
de una relación bipolar en la cual la comunicación está implicada, esta vez los
términos de la relación son: comunicación-convenciones. Una vez más podemos
decir que ambas son, al mismo tiempo, causa y consecuencia la una de la otra.
No olvidemos que, al hablar de convenciones, dijimos que tanto el símbolo
como el signo necesitan de estos acuerdos para poder ser entendidos por todos
los miembros del grupo. Si insistiéramos una vez más en este punto nos
encontraríamos de nuevo con una relación bipolar como las anteriores. No está de
más insistir aquí sobre las diferencias que existen entre el lenguaje por una parte y
los demás medios de comunicación humanas, por la otra. Diferencias basadas en
la posibilidad de especificación y reformulación que el lenguaje articulado
permite y los demás medios no.
Veamos ahora un ejemplo, una institución humana en la cual tanto los
emisores como los receptores de este curso están involucrados: la educación. No
sólo este libro sino todos los libros que se han escrito en la historia y, más
importante todavía, todas las clases que se han dado son el testimonio del rol
predominante del lenguaje en el proceso enseñanza-aprendizaje. La educación es
impensable sin el lenguaje. Por otra parte, todos nosotros aprendemos
cotidianamente fuera de las aulas y las bibliotecas: al permitir la expresión de la
experiencia individual, el lenguaje nos permite aprovechar las experiencias de los
demás para compensar lo que a nosotros se nos escapó.
El comercio, la iglesia, la política, son ejemplo de otras instituciones que
han basado su desarrollo en la historia en el hecho de que contamos con el
lenguaje. La sociedad humana se ha desarrollado de tal manera que resulta cada
vez más compleja. Debemos preguntarnos cuánto de ese desarrollo no ha
dependido de nuestra capacidad para representar, para comunicarnos "a
distancia", y, sobre todo, para hablar. Estamos seguros de que el hombre no
habría sido capaz de llevar a cabo su historia tal y como la conocemos hoy si no
hubiera contado con la ayuda del lenguaje, y esto a pesar de que ha necesitado
otros recursos.
Así, el lenguaje no es una mera manifestación instintiva en el hombre
pues, aun fundamentado en una base anatomofisiológica (que, como ya vimos, es
sumamente importante), el lenguaje es sobre todo una manifestación cultural y
social.
La disciplina que se ocupa de las relaciones entre el uso del lenguaje y el
(o los) grupos sociales a que pertenece es la sociolingüística.
Base psicológica
Otro elemento importante para la existencia del lenguaje, que ya hemos
señalado varias veces aquí sin detenernos especialmente en él, es el propio
individuo o, más específicamente, la individualidad.
Seguramente usted ha estado alguna vez en una de esas reuniones donde
todo el mundo está de acuerdo pero, sin embargo, se produce una discusión que
termina, normalmente, por el reconocimiento de que todos están diciendo lo
mismo y que, fundamentalmente, todos están de acuerdo. En ese tipo de
reuniones nos servimos al máximo de esa propiedad del lenguaje que permite
"decir lo mismo de diferentes maneras", es decir, rearticular nuestra experiencia en
discursos diferentes que cada vez parecen "como nuevos". Al hacer esto, cada
uno de los participantes en esa reunión está expresando su propio punto de vista,
la manera como ese individuo en particular concibe su experiencia; está
expresando ese aspecto que le parece novedoso y diferente con respecto a lo que
ha oído decir a los demás. Casi como una paradoja, el lenguaje representa, al
mismo tiempo, nuestra posibilidad de expresarnos como miembros de un grupo y
como individuos separados.
La psicología, como ciencia que se ocupa del estudio del comportamiento
humano, puede enseñarnos mucho sobre los comportamientos del individuo en
los que está implicado el lenguaje el cual, como ya vimos, está casi todo el tiempo
presente en nuestras vidas.
En este sentido, por ejemplo, la investigación en psicología nos ha
enseñado que la percepción (visual, auditiva, etc.) es selectiva, es decir: lo que
recibimos del entorno llega a nuestros aparatos receptores pero no todo es
asimilado por nuestro organismo. Lo real (visto, oído o sentido) es mucho más rico
de lo que podemos captar. A su vez, esta selección depende no sólo de nuestros
aparatos receptores sino también de aquello que hemos aprendido a reconocer
como lo más importante en una situación y que, por lo tanto, debemos percibir a
fin de entender de qué tipo de situación o de realidad se trata. Es por esta
segunda razón que muchos fenómenos, que desde el punto de vista fisiológico
son perfectamente audibles, no son tomados en cuenta puesto que, tales
fenómenos, se encuentran fuera del modelo de aquello que hemos aprendido a
distinguir como importante en la emisión lingüística (los fonemas a los que nos
referíamos anteriormente). Esta selección de lo que se percibe, determinada por
las experiencias anteriores, es decir, por el aprendizaje, se pone de manifiesto en
la dificultad que, en general, tenemos los adultos para "oír" las lenguas extranjeras
y poder aprender a pronunciarlas correctamente.
Por otra parte, hemos dicho anteriormente que, gracias a la
representación, podemos distanciarnos de la situación inmediata. La psicología
puede enseñarnos mucho sobre los procesos de generalización y abstracción de
la experiencia inmediata, necesarios para que haya representación y, sobre todo,
para que los elementos que escogemos como "representantes" (signos) de una
situación determinada estén dotados, en cada caso, de un significado. Estos
mismos procesos de generalización y abstracción están ligados a nuestro
desarrollo cognoscitivo, es decir, a nuestra capacidad de conocer y aprender a
partir de nuestras experiencias. Los procesos del aprendizaje son un área
privilegiada en la investigación psicológica y, sin embargo, es mucho lo que nos
falta por entender todavía sobre la relación que se establece entre el lenguaje y el
conocimiento.
La disciplina lingüística que se ocupa de estas relaciones entre el individuo
y su lengua es la psicolingüística.
Introduccion a la Lingüística
lunes, 6 de julio de 2015
lingüística: el análisis de la lengua
A lo largo de esta presentación de la lingüística hemos recurrido a varias
nociones que, en su momento, nos han servido para comprender las bases de la
existencia del lenguaje y sus propiedades. En esta tercera parte retomaremos
esas nociones para relacionarlas con el estudio de lenguaje ya que, en realidad,
de allí provienen.
Empezaremos entonces definiendo la lingüística. La más general y
conocida de estas definiciones es la que señala que la lingüística es el estudio
científico del lenguaje.
John Lyons (en Introducción en la lingüística teórica. Barcelona, Teide.
1973) nos da su definición de la lingüística en estos mismos términos:
La lingüística puede ser definida como el estudio científico del lenguaje. (...) por
estudio científico del lenguaje se entiende su investigación a través de
observaciones controladas y empíricamente verificables y con referencia a alguna
teoría general sobre la estructura del lenguaje. (op. cit.:1)
Lyons nos aclara lo que significa el calificativo de "científico" en esta
definición: el estudio del lenguaje se realiza siguiendo una rigurosa metodología
para obtener los datos que deberán sistematizarse de acuerdo con una teoría
general del lenguaje. En otras palabras, el estudio del lenguaje no puede limitarse
a la simple recolección y presentación de datos dispersos, estos deben servir para
demostrar o comprobar hipótesis y teorías que nos permitan, a su vez,
comprender mejor la naturaleza del lenguaje.
Por todo esto, la lingüística puede definirse como una ciencia teórica y
práctica a la vez, pues no puede conformarse con presentar teorías: debe
demostrarlas y, al mismo tiempo, tampoco puede contentarse simplemente con la
observación y descripción de los hechos: debe verificarlos y utilizarlos para
confirmar sus teorías.
Ahora bien, ¿dónde obtiene la lingüística sus datos? Obviamente esta
pregunta se responde diciendo: en el lenguaje. Sin embargo, tal como hemos
dicho anteriormente, "el lenguaje en sí mismo reúne una multiplicidad de
elementos que son idénticos en su base pero diferentes en la superficie, es decir,
que están constituidos de idéntica manera pero cuyos elementos varían de una
comunidad a otra: las lenguas".
En otras palabras, el lenguaje en sí mismo es una entidad abstracta, que
podemos definir solamente a partir de lo que observamos en sus realizaciones
concretas: las lenguas. Así, la capacidad humana para crear lenguajes se
manifiesta siempre a través de una de ellas.
De esta manera, la definición puede completarse en estos términos: la
lingüística se ocupa de la descripción y explicación de los procesos que se
dan en las distintas lenguas del mundo: sus relaciones internas y sus
funciones en la sociedad. En el tudio científico de las diferentes lenguas, la
lingüística encuentra los datos necesarios para demostrar lo que es común a un
grupo de esas lenguas o a todas ellas (propiedades definitorias) y, a partir de esos
datos, formula las teorías que permiten describir y explicar la capacidad general: el
lenguaje.
Los niveles de análisis lingüístico
El lenguaje y, específicamente, nuestra lengua materna nos resulta tan
familiar y tan cotidiana que pocas veces nos detenemos a pensar en sus
características y en la cantidad de funciones que cumple en nuestra vida diaria.
Cuando hemos llegado a este punto de nuestra explicación estamos seguros de
que usted ya ha empezado a prestar más atención a su lengua y a interesarse por
conocer más sobre su naturaleza y los procesos implicados en su adquisición y
desarrollo (al menos así lo esperamos). También estamos seguros de que usted
ya ha notado que esa capacidad de comunicarnos mediante una lengua no es tan
simple como parece. Pues bien, la lingüística también se ha dado cuenta de ello,
por esto, el estudio científico del lenguaje se divide hoy en día en varios niveles de
análisis que se ocupan de un aspecto particular de la totalidad compleja que es el
lenguaje. Estos niveles son los siguientes:
a) el nivel fonético y fonológico;
b) el nivel morfológico y sintáctico;
c) el nivel léxico y semántico; y
d) la pragmática.
El nivel fonético y fonológico
La fonética es el estudio de los sonidos de una lengua.
Al hablar regulamos la salida del aire por la nariz o por la boca y, además,
la modificamos pues las cuerdas vocales, la campanilla, la lengua y los dientes,
entre otros órganos, se ocupan de obstaculizar de varias maneras la salida del aire
y así, cuando éste por fin sale, produce diferentes sonidos.
Haga usted mismo el experimento: deje salir el aire naturalmente por la
boca, como en un suspiro, producirá un sonido parecido a una A, pero si ahora
hace lo mismo y "cierra" la salida del aire juntando los dientes entonces producirá
una S; ahora ponga la punta de la lengua contra los dientes de arriba: el sonido
será parecido al de una L... pero si luego hace vibrar la punta de la lengua (en esa
misma posición) estará produciendo una R. Este es el trabajo de la fonética:
estudiar lo que hacemos para producir los diferentes sonidos del habla, también se
ocupa de estudiar cómo viajan en el aire estos diferentes sonidos y cómo los oye
finalmente el receptor. Para este trabajo existen hoy en día sofisticadísimos
instrumentos de medición y control de los datos. Así, podemos retomar lo dicho
hasta aquí diciendo que: la fonética es una parte de la lingüística que se ocupa de
estudiar los sonidos del habla y se ha especializado, a su vez, en el estudio del
modo como se produce (fonética articulatoria), se transporta (fonética acústica) y
se recibe el sonido (fonética auditiva).
Por su parte, la fonología se encarga de formalizar los datos sobre los
diferentes tipos de sonidos que hay en la lengua para poder establecer cuáles son
los que, verdaderamente, tienen una función diferenciadora en la lengua es decir,
los que sirven para diferenciar palabras. Esto se verá más claramente si
recordamos el resultado del "juego" que presentamos en la segunda parte para
explicar en qué consistía la segunda articulación del lenguaje:
Papa caPa cAmA COMO Pomo poCo Loco Coco coPA
cOma pocA
coLa bocA
Recordemos que este consistía en cambiar uno solo de los elementos
constituyentes de la palabra para convertirla en otra palabra. En total, para formar
las palabras resultantes utilizamos siete elementos: C, M, P, L, B (consonantes) O
y A (vocales). Ahora ya podemos darle a esos elementos sus nombres
verdaderos, se llaman fonemas. Un fonema es una unidad de segunda
articulación, una unidad lingüística diferenciadora de significado.
Establecemos que dos elementos de la lengua son fonemas siguiendo el
mismo procedimiento con el cual "jugamos" antes: si comparamos dos palabras
casi idénticas, como tío / mío y encontramos que cambiando sólo uno de sus
constituyentes cambia el significado entonces podemos establecer que, en
español, distinguimos los fonemas /t/ y /m/, y si comparamos luego con río
entonces encontraremos una tercera distinción: /r/. En nuestro "juego" anterior
establecimos siete más. Así trabaja la fonología y con este procedimiento
determina cuáles son los fonemas que existen en la lengua.
El nivel morfológico y sintáctico
La morfología es el estudio de la forma de las palabras. Por ejemplo, si
comparamos las palabras: como / comes / come / comemos / coméis / comen.
Notaremos enseguida que en esta lista hay un elemento que se repite y otro
que varía, así:
COM
o
es
e
emos
éis
en
Lo mismo sucede en:
super HOMBRE cito
sote
En el primer ejemplo tenemos una raíz que se une con la flexión que
significa "presente del indicativo" (en español, obviamente). En el segundo
ejemplo, tenemos una palabra a la cual se unen una serie de sufijos (elementos
pospuestos a la palabra de base) o prefijos (elementos antepuestos). En ambos
casos lo que hemos determinado es el modo como está constituida la palabra
resultante: comemos o superhombresote. Este es el trabajo de la morfología.
Por su parte, la sintaxis se ocupa de estudiar el modo como se ordenan y
jerarquizan los elementos en la línea del mensaje. La unidad tradicional del
análisis sintáctico es la oración y en este nivel se estudia la conformación de las
oraciones en la lengua.
Sobre este punto no abundaremos mucho puesto que el estudio de la
sintaxis nos resulta familiar desde la escuela. Sólo agregaremos aquí que en el
nivel morfológico y sintáctico, así como en el que veremos a continuación (el léxico
y semántico), la lingüística se ocupa de las unidades de la primera articulación.
El nivel léxico y semántico
El léxico de una lengua es el inventario de las unidades que conforman
esa lengua. Cuando hablamos del "vocabulario" de una lengua nos estamos
refiriendo al conjunto total de palabras que hay en esa lengua, a su léxico.
El léxico de una lengua, evidentemente, es un conjunto abierto, pues está
constantemente enriqueciéndose con nuevas palabras, bien sea porque los
hablantes de esa lengua las inventamos, bien sea porque las tomamos prestadas
de otras lenguas. Y ¿por qué necesitamos nuevas palabras? La respuesta es
evidente: para referirnos a nuevas cosas. La palabra alunizar, por ejemplo, existe
desde hace muy poco tiempo en el léxico de nuestra lengua (y de cualquier otra
lengua), es una palabra derivada de luna siguiendo el mismo procedimiento que
utilizamos para derivar aterrizar de tierra. En ambos casos, tuvimos que inventar
una palabra para denominar una nueva realidad, algo que sólo es posible desde
que existen los aviones o los viajes a la luna lo cual, como usted sabe, es muy
reciente. En estos dos casos derivamos una palabra de otra, por lo tanto las
palabras como alunizar y aterrizar pueden estudiarse desde el punto de vista de la
lexicología tanto como desde el punto de vista de la morfología, tal y como vimos
antes.
La lexicología es el estudio del léxico de una lengua y de la manera como
éste se conforma, es también el estudio de los recursos de los cuales disponemos
para enriquecer el léxico.
Antes de pasar a la semántica, notemos lo siguiente: usamos también la
palabra "vocabulario" para referirnos al conjunto de palabras que una persona
conoce. El léxico es el conjunto de las palabras de la lengua y cuando decimos
que una persona tiene un vocabulario "rico" o "pobre" estamos relacionando el
total parcial de palabras que esa persona conoce con el total general del léxico,
estamos comparando, implícitamente, las dos cantidades.
Nos interesa llamar la atención sobre el hecho de que esta comparación
que podemos hacer entre dos personas no la podemos hacer entre dos lenguas
pues cada una de esas lenguas tendrá un léxico diferente pero, en ningún caso,
más "rico" o más "pobre" que la otra.
Por último, la semántica se ocupa del estudio del significado lingüístico.
Como vimos antes, el significado es el elemento que se relaciona
necesariamente con el significante para que podamos hablar de un símbolo o de
un signo. En el caso de los signos lingüísticos, la semántica se ocupa de
establecer cuáles son los procesos de significación en la lengua. Algunos de estos
procesos son conocidos seguramente por usted: los sinónimos y los antónimos,
por ejemplo, o bien la metáfora, son relaciones que se establecen entre las
palabras de acuerdo con su significado. La semántica se ocupa de estos procesos
y, además, trata de formalizar los elementos que "componen" el significado de
cada palabra, la constitución interna de este significado.
Ese instrumento de uso cotidiano: el diccionario, es el resultado del trabajo
que realizan los lingüistas que se dedican al análisis en este nivel.
la pragmática
La pragmática estudia todos los aspectos relacionados con el uso de la
lengua. Partamos de un ejemplo preciso, el que Escandell recoge de Voltaire:3
Cuando un diplomático dice sí, quiere decir ‘quizá’;
Cuando dice quizá, quiere decir ‘no’;
Y cuando dice no, no es diplomático.
En este ejemplo se toma en cuenta al emisor para determinar el
significado de lo que dice y esto implica entonces que el signo no es suficiente
para determinar el significado completo sino que debemos que apelar al
contexto para entender cabalmente el significado. Como hablantes, tenemos
que vérnoslas con el significado todos los días y sabemos que lo que oímos lo
dice alguien concreto en una situación concreta y, también, que para que la
comunicación sea eficaz, nosotros, como oyentes, debemos entender que el
lenguaje no es un simple sistema de códigos, como pudo ser pensado por
cierta lingüística ingenua. No hay equivalencia uno a uno entre el signo y su
significado.
Para la lingüística estos son problemas nuevos, no siempre se entendió
este aspecto de la comunicación. No se poseían herramientas para describir
aquellos aspectos que tenían que ver con los actos de habla, con los hablantes
en situación y ha sido la pragmática la que los ha venido proporcionando.
Tradicionalmente se consideraron los niveles de análisis fonético-fonológico,
morfológico-sintáctico y semántico. Ahora la lingüística ha incorporado un
cuarto nivel para poder dar cuenta de aquellos aspectos que muestran el
carácter complejo y manipulador de la comunicación humana.
Ahora bien, la pragmática se ha convertido en un componente más en la
comprensión de la naturaleza del lenguaje en los últimos treinta años. Pero,
qué hacia que la lingüística no se ocupara de estos problemas que hoy parecen
tan evidentes.
La lingüística había tomado un camino que la alejaba de la descripción
de los actos de habla. Se propuso construir una teoría que diera cuenta del
sistema lingüístico, del conjunto de invariables, de constantes, de universales.
La exclusión de los actos de habla del estudio de la lingüística se decretó
cuando Saussure optó por la lingüística de la lengua. (cf. Curso…, cap. IV). En
un principio, desde Saussure, se procedió a conocer el lenguaje como una
estructura. Esa fue la opción: la lengua en sí y para sí, constituida por una serie
de oposiciones. Estas oposiciones mantienen una relación de
interdependencia, conformando un sistema. Esta manera de conocer el
3 Escandell-Vidal, María Victoria. 1993. Introducción a la pragmática. Barcelona: Anthropos-
Universidad Nacional de Educación a Distancia.
lenguaje, llamada estructuralismo, privó en la primera mitad del siglo XX. Su
programa de conocimiento constituyó una herramienta importante ya que
colocaba a la lingüística en un terreno distinto al que había sido confinada
hasta el siglo XIX, la Gramática histórica comparada (cf. Curso…, cap. I). Uno
de los presupuestos teóricos del estructuralismo consistió, tal como está
formulado en el Curso de lingüística general de Saussure, en la disyuntiva que
se planteó: conocer la lengua o conocer el habla. Se optó por la lengua, y esta
opción relegó la realización, el plano del habla, el plano de la comunicación. Se
puso el acento en la significación en la manera como el hombre produce la
significación, en abstracto y esa decisión colocó la lingüística europea a
desarrollarse en esa dirección: sin acto de habla, de lengua sin acto y sin
actores.
La pragmática, entonces, como lo expresa Reyes “estudia, los principios
que regulan los comportamientos lingüísticos y las formas de producir
significado que no entran en principio en el dominio de la semántica: el
subsistema estudiado por la pragmática no esta siempre inserto en las
estructuras de la lengua” (1994:28).
Relaciones de la lingüística con otras ciencias
La lingüística es, en sí misma, una ciencia autónoma, independiente, que
cumple con el requisito inicial de toda ciencia: tener un objeto de estudio propio y
dedicarse a su análisis siguiendo el método científico, tal y como lo expusimos
antes. Sin embargo, la realidad del lenguaje es sumamente compleja y, por ello, la
lingüística tiene que relacionarse con otras ciencias para poder así conceptualizar
y explicar mejor la realidad del lenguaje. En estos casos, la lingüística da lugar a
una serie de terrenos de estudio interdisciplinario y se sirve de los conocimientos
que éstas producen al mismo tiempo que aporta sus conocimientos para poder,
como acabamos de decir, comprender mejor el lenguaje y, con ello, a su creador:
el ser humano.
Michael A. K. Halliday nos presenta un cuadro en el cual se resume
gráficamente el vasto campo de estudio que ofrece el lenguaje así como las
múltiples relaciones interdisciplinarias que son posibles a partir de la lingüística
(tomado de M.A.K. Halliday. 1982. El lenguaje como semiótica social. México,
Fondo de Cultura Económica.
Este cuadro resulta sumamente interesante pues presenta, en el centro, al
lenguaje tal y como lo hemos presentado hasta aquí: un sistema de signos que se
analiza en varios niveles de acuerdo con el aspecto que nos interese
fundamentalmente. Además, nos muestra las relaciones del lenguaje como medio
de "distanciamiento" y abstracción de la realidad por una parte (conceptual: la
lengua como conocimiento) y, por la otra, las relaciones con la situación concreta
en la cual se emite un mensaje y las múltiples funciones que ya señalamos
(situacional: la lengua como comportamiento). La línea punteada que circunda el
gráfico delimita el terreno del estudio lingüístico y todas las flechas que salen de
allí señalan una relación posible con alguna otra ciencia.
En la próxima parte consideraremos más las relaciones que la lingüística
establece con la medicina, la sociología y la psicología, dando lugar a
"interdisciplinas" como la neurolingüística, la sociolingüística y la psicolingüística,
respectivamente.
A lo largo de esta presentación de la lingüística hemos recurrido a varias
nociones que, en su momento, nos han servido para comprender las bases de la
existencia del lenguaje y sus propiedades. En esta tercera parte retomaremos
esas nociones para relacionarlas con el estudio de lenguaje ya que, en realidad,
de allí provienen.
Empezaremos entonces definiendo la lingüística. La más general y
conocida de estas definiciones es la que señala que la lingüística es el estudio
científico del lenguaje.
John Lyons (en Introducción en la lingüística teórica. Barcelona, Teide.
1973) nos da su definición de la lingüística en estos mismos términos:
La lingüística puede ser definida como el estudio científico del lenguaje. (...) por
estudio científico del lenguaje se entiende su investigación a través de
observaciones controladas y empíricamente verificables y con referencia a alguna
teoría general sobre la estructura del lenguaje. (op. cit.:1)
Lyons nos aclara lo que significa el calificativo de "científico" en esta
definición: el estudio del lenguaje se realiza siguiendo una rigurosa metodología
para obtener los datos que deberán sistematizarse de acuerdo con una teoría
general del lenguaje. En otras palabras, el estudio del lenguaje no puede limitarse
a la simple recolección y presentación de datos dispersos, estos deben servir para
demostrar o comprobar hipótesis y teorías que nos permitan, a su vez,
comprender mejor la naturaleza del lenguaje.
Por todo esto, la lingüística puede definirse como una ciencia teórica y
práctica a la vez, pues no puede conformarse con presentar teorías: debe
demostrarlas y, al mismo tiempo, tampoco puede contentarse simplemente con la
observación y descripción de los hechos: debe verificarlos y utilizarlos para
confirmar sus teorías.
Ahora bien, ¿dónde obtiene la lingüística sus datos? Obviamente esta
pregunta se responde diciendo: en el lenguaje. Sin embargo, tal como hemos
dicho anteriormente, "el lenguaje en sí mismo reúne una multiplicidad de
elementos que son idénticos en su base pero diferentes en la superficie, es decir,
que están constituidos de idéntica manera pero cuyos elementos varían de una
comunidad a otra: las lenguas".
En otras palabras, el lenguaje en sí mismo es una entidad abstracta, que
podemos definir solamente a partir de lo que observamos en sus realizaciones
concretas: las lenguas. Así, la capacidad humana para crear lenguajes se
manifiesta siempre a través de una de ellas.
De esta manera, la definición puede completarse en estos términos: la
lingüística se ocupa de la descripción y explicación de los procesos que se
dan en las distintas lenguas del mundo: sus relaciones internas y sus
funciones en la sociedad. En el tudio científico de las diferentes lenguas, la
lingüística encuentra los datos necesarios para demostrar lo que es común a un
grupo de esas lenguas o a todas ellas (propiedades definitorias) y, a partir de esos
datos, formula las teorías que permiten describir y explicar la capacidad general: el
lenguaje.
Los niveles de análisis lingüístico
El lenguaje y, específicamente, nuestra lengua materna nos resulta tan
familiar y tan cotidiana que pocas veces nos detenemos a pensar en sus
características y en la cantidad de funciones que cumple en nuestra vida diaria.
Cuando hemos llegado a este punto de nuestra explicación estamos seguros de
que usted ya ha empezado a prestar más atención a su lengua y a interesarse por
conocer más sobre su naturaleza y los procesos implicados en su adquisición y
desarrollo (al menos así lo esperamos). También estamos seguros de que usted
ya ha notado que esa capacidad de comunicarnos mediante una lengua no es tan
simple como parece. Pues bien, la lingüística también se ha dado cuenta de ello,
por esto, el estudio científico del lenguaje se divide hoy en día en varios niveles de
análisis que se ocupan de un aspecto particular de la totalidad compleja que es el
lenguaje. Estos niveles son los siguientes:
a) el nivel fonético y fonológico;
b) el nivel morfológico y sintáctico;
c) el nivel léxico y semántico; y
d) la pragmática.
El nivel fonético y fonológico
La fonética es el estudio de los sonidos de una lengua.
Al hablar regulamos la salida del aire por la nariz o por la boca y, además,
la modificamos pues las cuerdas vocales, la campanilla, la lengua y los dientes,
entre otros órganos, se ocupan de obstaculizar de varias maneras la salida del aire
y así, cuando éste por fin sale, produce diferentes sonidos.
Haga usted mismo el experimento: deje salir el aire naturalmente por la
boca, como en un suspiro, producirá un sonido parecido a una A, pero si ahora
hace lo mismo y "cierra" la salida del aire juntando los dientes entonces producirá
una S; ahora ponga la punta de la lengua contra los dientes de arriba: el sonido
será parecido al de una L... pero si luego hace vibrar la punta de la lengua (en esa
misma posición) estará produciendo una R. Este es el trabajo de la fonética:
estudiar lo que hacemos para producir los diferentes sonidos del habla, también se
ocupa de estudiar cómo viajan en el aire estos diferentes sonidos y cómo los oye
finalmente el receptor. Para este trabajo existen hoy en día sofisticadísimos
instrumentos de medición y control de los datos. Así, podemos retomar lo dicho
hasta aquí diciendo que: la fonética es una parte de la lingüística que se ocupa de
estudiar los sonidos del habla y se ha especializado, a su vez, en el estudio del
modo como se produce (fonética articulatoria), se transporta (fonética acústica) y
se recibe el sonido (fonética auditiva).
Por su parte, la fonología se encarga de formalizar los datos sobre los
diferentes tipos de sonidos que hay en la lengua para poder establecer cuáles son
los que, verdaderamente, tienen una función diferenciadora en la lengua es decir,
los que sirven para diferenciar palabras. Esto se verá más claramente si
recordamos el resultado del "juego" que presentamos en la segunda parte para
explicar en qué consistía la segunda articulación del lenguaje:
Papa caPa cAmA COMO Pomo poCo Loco Coco coPA
cOma pocA
coLa bocA
Recordemos que este consistía en cambiar uno solo de los elementos
constituyentes de la palabra para convertirla en otra palabra. En total, para formar
las palabras resultantes utilizamos siete elementos: C, M, P, L, B (consonantes) O
y A (vocales). Ahora ya podemos darle a esos elementos sus nombres
verdaderos, se llaman fonemas. Un fonema es una unidad de segunda
articulación, una unidad lingüística diferenciadora de significado.
Establecemos que dos elementos de la lengua son fonemas siguiendo el
mismo procedimiento con el cual "jugamos" antes: si comparamos dos palabras
casi idénticas, como tío / mío y encontramos que cambiando sólo uno de sus
constituyentes cambia el significado entonces podemos establecer que, en
español, distinguimos los fonemas /t/ y /m/, y si comparamos luego con río
entonces encontraremos una tercera distinción: /r/. En nuestro "juego" anterior
establecimos siete más. Así trabaja la fonología y con este procedimiento
determina cuáles son los fonemas que existen en la lengua.
El nivel morfológico y sintáctico
La morfología es el estudio de la forma de las palabras. Por ejemplo, si
comparamos las palabras: como / comes / come / comemos / coméis / comen.
Notaremos enseguida que en esta lista hay un elemento que se repite y otro
que varía, así:
COM
o
es
e
emos
éis
en
Lo mismo sucede en:
super HOMBRE cito
sote
En el primer ejemplo tenemos una raíz que se une con la flexión que
significa "presente del indicativo" (en español, obviamente). En el segundo
ejemplo, tenemos una palabra a la cual se unen una serie de sufijos (elementos
pospuestos a la palabra de base) o prefijos (elementos antepuestos). En ambos
casos lo que hemos determinado es el modo como está constituida la palabra
resultante: comemos o superhombresote. Este es el trabajo de la morfología.
Por su parte, la sintaxis se ocupa de estudiar el modo como se ordenan y
jerarquizan los elementos en la línea del mensaje. La unidad tradicional del
análisis sintáctico es la oración y en este nivel se estudia la conformación de las
oraciones en la lengua.
Sobre este punto no abundaremos mucho puesto que el estudio de la
sintaxis nos resulta familiar desde la escuela. Sólo agregaremos aquí que en el
nivel morfológico y sintáctico, así como en el que veremos a continuación (el léxico
y semántico), la lingüística se ocupa de las unidades de la primera articulación.
El nivel léxico y semántico
El léxico de una lengua es el inventario de las unidades que conforman
esa lengua. Cuando hablamos del "vocabulario" de una lengua nos estamos
refiriendo al conjunto total de palabras que hay en esa lengua, a su léxico.
El léxico de una lengua, evidentemente, es un conjunto abierto, pues está
constantemente enriqueciéndose con nuevas palabras, bien sea porque los
hablantes de esa lengua las inventamos, bien sea porque las tomamos prestadas
de otras lenguas. Y ¿por qué necesitamos nuevas palabras? La respuesta es
evidente: para referirnos a nuevas cosas. La palabra alunizar, por ejemplo, existe
desde hace muy poco tiempo en el léxico de nuestra lengua (y de cualquier otra
lengua), es una palabra derivada de luna siguiendo el mismo procedimiento que
utilizamos para derivar aterrizar de tierra. En ambos casos, tuvimos que inventar
una palabra para denominar una nueva realidad, algo que sólo es posible desde
que existen los aviones o los viajes a la luna lo cual, como usted sabe, es muy
reciente. En estos dos casos derivamos una palabra de otra, por lo tanto las
palabras como alunizar y aterrizar pueden estudiarse desde el punto de vista de la
lexicología tanto como desde el punto de vista de la morfología, tal y como vimos
antes.
La lexicología es el estudio del léxico de una lengua y de la manera como
éste se conforma, es también el estudio de los recursos de los cuales disponemos
para enriquecer el léxico.
Antes de pasar a la semántica, notemos lo siguiente: usamos también la
palabra "vocabulario" para referirnos al conjunto de palabras que una persona
conoce. El léxico es el conjunto de las palabras de la lengua y cuando decimos
que una persona tiene un vocabulario "rico" o "pobre" estamos relacionando el
total parcial de palabras que esa persona conoce con el total general del léxico,
estamos comparando, implícitamente, las dos cantidades.
Nos interesa llamar la atención sobre el hecho de que esta comparación
que podemos hacer entre dos personas no la podemos hacer entre dos lenguas
pues cada una de esas lenguas tendrá un léxico diferente pero, en ningún caso,
más "rico" o más "pobre" que la otra.
Por último, la semántica se ocupa del estudio del significado lingüístico.
Como vimos antes, el significado es el elemento que se relaciona
necesariamente con el significante para que podamos hablar de un símbolo o de
un signo. En el caso de los signos lingüísticos, la semántica se ocupa de
establecer cuáles son los procesos de significación en la lengua. Algunos de estos
procesos son conocidos seguramente por usted: los sinónimos y los antónimos,
por ejemplo, o bien la metáfora, son relaciones que se establecen entre las
palabras de acuerdo con su significado. La semántica se ocupa de estos procesos
y, además, trata de formalizar los elementos que "componen" el significado de
cada palabra, la constitución interna de este significado.
Ese instrumento de uso cotidiano: el diccionario, es el resultado del trabajo
que realizan los lingüistas que se dedican al análisis en este nivel.
la pragmática
La pragmática estudia todos los aspectos relacionados con el uso de la
lengua. Partamos de un ejemplo preciso, el que Escandell recoge de Voltaire:3
Cuando un diplomático dice sí, quiere decir ‘quizá’;
Cuando dice quizá, quiere decir ‘no’;
Y cuando dice no, no es diplomático.
En este ejemplo se toma en cuenta al emisor para determinar el
significado de lo que dice y esto implica entonces que el signo no es suficiente
para determinar el significado completo sino que debemos que apelar al
contexto para entender cabalmente el significado. Como hablantes, tenemos
que vérnoslas con el significado todos los días y sabemos que lo que oímos lo
dice alguien concreto en una situación concreta y, también, que para que la
comunicación sea eficaz, nosotros, como oyentes, debemos entender que el
lenguaje no es un simple sistema de códigos, como pudo ser pensado por
cierta lingüística ingenua. No hay equivalencia uno a uno entre el signo y su
significado.
Para la lingüística estos son problemas nuevos, no siempre se entendió
este aspecto de la comunicación. No se poseían herramientas para describir
aquellos aspectos que tenían que ver con los actos de habla, con los hablantes
en situación y ha sido la pragmática la que los ha venido proporcionando.
Tradicionalmente se consideraron los niveles de análisis fonético-fonológico,
morfológico-sintáctico y semántico. Ahora la lingüística ha incorporado un
cuarto nivel para poder dar cuenta de aquellos aspectos que muestran el
carácter complejo y manipulador de la comunicación humana.
Ahora bien, la pragmática se ha convertido en un componente más en la
comprensión de la naturaleza del lenguaje en los últimos treinta años. Pero,
qué hacia que la lingüística no se ocupara de estos problemas que hoy parecen
tan evidentes.
La lingüística había tomado un camino que la alejaba de la descripción
de los actos de habla. Se propuso construir una teoría que diera cuenta del
sistema lingüístico, del conjunto de invariables, de constantes, de universales.
La exclusión de los actos de habla del estudio de la lingüística se decretó
cuando Saussure optó por la lingüística de la lengua. (cf. Curso…, cap. IV). En
un principio, desde Saussure, se procedió a conocer el lenguaje como una
estructura. Esa fue la opción: la lengua en sí y para sí, constituida por una serie
de oposiciones. Estas oposiciones mantienen una relación de
interdependencia, conformando un sistema. Esta manera de conocer el
3 Escandell-Vidal, María Victoria. 1993. Introducción a la pragmática. Barcelona: Anthropos-
Universidad Nacional de Educación a Distancia.
lenguaje, llamada estructuralismo, privó en la primera mitad del siglo XX. Su
programa de conocimiento constituyó una herramienta importante ya que
colocaba a la lingüística en un terreno distinto al que había sido confinada
hasta el siglo XIX, la Gramática histórica comparada (cf. Curso…, cap. I). Uno
de los presupuestos teóricos del estructuralismo consistió, tal como está
formulado en el Curso de lingüística general de Saussure, en la disyuntiva que
se planteó: conocer la lengua o conocer el habla. Se optó por la lengua, y esta
opción relegó la realización, el plano del habla, el plano de la comunicación. Se
puso el acento en la significación en la manera como el hombre produce la
significación, en abstracto y esa decisión colocó la lingüística europea a
desarrollarse en esa dirección: sin acto de habla, de lengua sin acto y sin
actores.
La pragmática, entonces, como lo expresa Reyes “estudia, los principios
que regulan los comportamientos lingüísticos y las formas de producir
significado que no entran en principio en el dominio de la semántica: el
subsistema estudiado por la pragmática no esta siempre inserto en las
estructuras de la lengua” (1994:28).
Relaciones de la lingüística con otras ciencias
La lingüística es, en sí misma, una ciencia autónoma, independiente, que
cumple con el requisito inicial de toda ciencia: tener un objeto de estudio propio y
dedicarse a su análisis siguiendo el método científico, tal y como lo expusimos
antes. Sin embargo, la realidad del lenguaje es sumamente compleja y, por ello, la
lingüística tiene que relacionarse con otras ciencias para poder así conceptualizar
y explicar mejor la realidad del lenguaje. En estos casos, la lingüística da lugar a
una serie de terrenos de estudio interdisciplinario y se sirve de los conocimientos
que éstas producen al mismo tiempo que aporta sus conocimientos para poder,
como acabamos de decir, comprender mejor el lenguaje y, con ello, a su creador:
el ser humano.
Michael A. K. Halliday nos presenta un cuadro en el cual se resume
gráficamente el vasto campo de estudio que ofrece el lenguaje así como las
múltiples relaciones interdisciplinarias que son posibles a partir de la lingüística
(tomado de M.A.K. Halliday. 1982. El lenguaje como semiótica social. México,
Fondo de Cultura Económica.
Este cuadro resulta sumamente interesante pues presenta, en el centro, al
lenguaje tal y como lo hemos presentado hasta aquí: un sistema de signos que se
analiza en varios niveles de acuerdo con el aspecto que nos interese
fundamentalmente. Además, nos muestra las relaciones del lenguaje como medio
de "distanciamiento" y abstracción de la realidad por una parte (conceptual: la
lengua como conocimiento) y, por la otra, las relaciones con la situación concreta
en la cual se emite un mensaje y las múltiples funciones que ya señalamos
(situacional: la lengua como comportamiento). La línea punteada que circunda el
gráfico delimita el terreno del estudio lingüístico y todas las flechas que salen de
allí señalan una relación posible con alguna otra ciencia.
En la próxima parte consideraremos más las relaciones que la lingüística
establece con la medicina, la sociología y la psicología, dando lugar a
"interdisciplinas" como la neurolingüística, la sociolingüística y la psicolingüística,
respectivamente.
Signos,comunicación y representación
Signos, comunicación y representación
Comunicación y representación
Imagine una situación de peligro real (un incendio, por ejemplo) y copie
cinco de los mensajes que usted podría emitir a los demás miembros de su grupo
para prevenirlos. Piense ahora en un gorila que se encuentre en la misma
situación y copie los mensajes que usted se imagina que el gorila podría emitir.
Aun antes de terminar usted seguramente ya había notado que el
"repertorio" de posibilidades que tienen usted y el gorila son muy diferentes,
preguntémonos ahora ¿en qué radica esa diferencia? Seguramente usted copió
un "tipo" de grito diferente de acuerdo con lo que quieren indicar: miedo, dolor o
llamada de atención podrían ser los tres que aparecerían aquí y en ese caso tanto
el gorila como usted tienen las mismas posibilidades, ahora bien, usted y yo
tenemos algunas posibilidades más. Sin contar con el hecho de que la especie
Homo Sapiens es la única que ha domesticado el fuego, además del grito que
sirve para llamar la atención, los seres humanos podemos emitir un mensaje como
éste: ¡Auxilio!, ¡Socorro!. Si esto nos parece todavía poco exacto, o muy ambiguo,
añadiremos algo así como: ¡Hay un incendio! y en el peor de los casos: ¡Me
quemo!. Pero hay una posibilidad más: escribir el mensaje y, aun si no supiéramos
escribir, podríamos entonces dibujarlo así como nuestros antepasados hicieron
una vez en las cuevas donde vivían.
En situaciones de peligro real para ambos, el hombre y el gorila reaccionan
instintivamente de manera muy semejante puesto que interpretan signos naturales
tales como el humo, el olor o las cenizas que se esparcen en el aire indicando que
en alguna parte hay o hubo fuego y, ante estas señales, tanto el hombre como el
gorila pueden tratar de alertar a los demás miembros de su grupo para separarlos
del peligro o para pedir ayuda. Los medios que utilizan para llamar la atención de
los demás miembros del grupo también pueden ser muy semejantes: el grito.
En estos casos nos encontramos ante situaciones en las cuales las
reacciones que se producen pueden ser calificadas de "instintivas" y, al mismo
tiempo, los elementos del entorno que son interpretados como "portadores de
información" deben ser calificados de "naturales" en tanto surgen
espontáneamente de nuestro entorno, es decir que no existen con el fin específico
de comunicarnos algo: así, el humo, por ejemplo, es independiente de la
interpretación que le damos, existe porque hay fuego, como una consecuencia
química de éste, no para comunicarnos que hay fuego. En cualquier caso, el
hecho que nos interesa aquí es el que todas las especies animales, incluyendo el
Homo Sapiens, responden ante estos "indicadores" que normalmente llamamos
6
indicios o síntomas y aun los miembros más pequeños de la especie, los bebés,
empiezan muy temprano a reconocerlos.
La razón para que estas reacciones se produzcan es sencilla: de la
recepción de estos "mensajes" depende la supervivencia del grupo y, por ende, de
la especie. Así, todas las especies han aprendido que deben reconocer el fuego
antes de que llegue a su territorio, que la enfermedad debe ser enfrentada lo antes
posible, todas las especies reaccionan ante el dolor y el miedo, para todas es
igualmente importante saber dónde está el alimento. Interesado por la
supervivencia de sí mismo y de su grupo, cada miembro de cada especie
interpreta el medio que lo rodea y comparte con los demás elementos de su grupo
la existencia del peligro o la salvación mediante "llamadas de atención".
Cuando interpretamos los indicios o síntomas del entorno y, con más
razón aún, cuando un miembro de nuestro grupo nos hace saber de la
existencia de estos indicios, entonces podemos hablar de comunicación.
Definiremos entonces la comunicación como: un proceso por el cual los
miembros de una misma especie se relacionan entre sí y comparten
información.
Asimismo, debemos notar desde ahora que en toda situación de
comunicación se pueden identificar tres elementos que se presentarán de manera
constante y necesaria para que se cumpla este proceso, a saber: en todas ellas
habrá un emisor, que es la fuente de la información, el productor del mensaje
comunicado, el cual, a su vez, sirve como mediador ente el emisor mismo y el
receptor que será, en cada caso, aquel que interpreta el mensaje.
En un incendio, el emisor inicial es el fuego y el mensaje que transmite es
el humo o el olor (recuerde, sin embargo, que hemos dicho que aunque lo
podamos identificar emisor y mensaje en este caso el fuego y el humo,
evidentemente, estos no existen con ese fin). El receptor en nuestro ejemplo será
el hombre o el gorila que lo perciben e interpretan como un mensaje más o menos
así: Hay fuego y, eventualmente, habrá peligro. El hombre y el gorila, a su vez, se
convierten en emisores cuando son ellos los que gritan, por ejemplo, y este grito
será el mensaje que los demás miembros de su grupo (receptores) percibirán e
interpretarán.
Ya es bastante evidente que el proceso de la comunicación puede
observarse en todas las especies y por esto, en muchas ocasiones, se ha tenido la
impresión de que los animales "hablan", sin embargo, esta posibilidad sólo se da
en las fábulas para niños. No podemos negar el hecho de que hay comunicación
entre los animales y, como ya lo hemos visto, la razón para ello no es de menor
importancia puesto que, al igual que para los humanos, se trata de la
supervivencia de la especie, sin embargo, esa posibilidad específica de hablar
está reservada a la especie Homo Sapiens exclusivamente.
A pesar de haber sustentado la idea de que todas las especies animales
poseen medios para comunicarse con sus semejantes, al mismo tiempo, hemos
tenido que restringirnos a ciertos tipos de mensajes y de situaciones en las cuales
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estos se producen: peligro, alimento, enfermedad, agresión o amor. Es posible
que, en el caso de algunas especies, haya un grito, gruñido o ronroneo
particulares para comunicar según el tipo de situación, pero la especificidad de los
mensajes se detiene allí. Hay varias diferencias fundamentales entre los gritos del
animal y las emisiones que el ser humano puede realizar en situaciones similares
para ambos.
En el caso de las demás especies animales no hay una intención
comunicativa expresa en el emisor de las señales ahora bien, en el caso de los
seres humanos esta intención comunicativa sí está presente: llamar la atención,
compartir la información es un acto que depende de la intención de realizarlo y en
esta intención se fundamenta la diferencia entre los mensajes humanos y los de
las demás especies.
Otra diferencia importante que tenemos que notar al comparar los
diferentes gritos del animal y nuestros propios mensajes radica en el hecho de que
la comunicación animal depende estrechamente de la situación inmediata en la
cual se produce, así, un grupo de gorilas responderá ante los gritos de peligro de
uno de los miembros de ese grupo porque todos los demás también han percibido
ese mismo peligro. El grito funciona así justamente, como una alarma cuyo origen
hay que identificar. Hemos visto sin embargo que la especie Homo Sapiens puede
distanciarse de la situación concreta pues puede recurrir a otros medios de
comunicación además del grito elaborando mensajes diferentes y, en ese caso,
sus mensajes sirven tanto para comunicar información sobre la situación
inmediata como para recrear situaciones no-presentes.
Volvamos a imaginar los mensajes posibles en un incendio. Es cierto que
ante un peligro real nuestras reacciones pueden parecerse mucho a las
reacciones animales, sin embargo, como ya decíamos, también podemos
representar el peligro mediante un dibujo, por ejemplo. Así, no será necesario que
nuestro interlocutor esté presente en el mismo lugar y en el mismo momento para
poder entender a qué tipo de peligro nos referimos concretamente. En el ejemplo
que estamos utilizando aquí, el interlocutor puede recibir el mensaje momentos
después pero podría también recibirlo o recordarlo años y aun siglos después, y
es así como recordamos la época en la cual el hombre era cazador de bisontes:
gracias, por ejemplo, a los dibujos de las Cuevas de Altamira.
Esta diferencia tiene que ver, entonces, con el hecho de que la
comunicación humana no depende directamente de la situación concreta en la
cual se da y a la cual se refiere, por lo cual el emisor y el receptor pueden estar
presentes simultáneamente o no. La comunicación instintiva, inmediata,
dependiente de la situación que, como ya vimos, es común a todas las especies,
sólo puede comunicarnos informaciones sobre elementos presentes en la
situación, el grito de alerta sólo será efectivo si el emisor puede
contemporáneamente identificar el motivo de alarma. Tal como indicábamos
antes, el grito de peligro o de miedo ante el fuego sólo tendrá un significado si
podemos ver el fuego y relacionar el grito y la causa. Este, evidentemente, no es el
caso cuando nos encontramos ante un dibujo o ante una historia en la cual se
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describe la misma situación: no necesitamos ver el fuego si entendemos la
descripción.
Así como está limitada espacio-temporalmente, la comunicación animal
también está limitada en los contenidos que transmite y esta segunda diferencia
depende estrechamente de la primera.
Al no depender directamente de la situación concreta y al no apoyarse en
ella para poder ser comprendidos, los mensajes humanos pueden comunicar
además variaciones y matices sobre el contenido que comunican, por ejemplo, el
punto de vista de quien comunica, la manera como ese individuo en particular
concibe su experiencia. De este modo, la distancia con la situación específica se
amplía más todavía por el hecho de que, ante una misma experiencia, cada uno
de nosotros podrá interpretar a su modo los hechos, las sensaciones, la magnitud
del riesgo y podrá incluir en su comunicación aspectos no visibles en la naturaleza
como, por ejemplo, sus propias ideas, impresiones, la imagen personal sobre una
situación que, objetivamente, será la misma para todos.
Aparece aquí un elemento a menudo olvidado pero que, en realidad, es el
fundamento de toda comunicación humana: el propio mundo interior, el lado noobjetivo
en cada experiencia, en cada situación. Ante realidades semejantes, cada
uno de nosotros vive su propia vida y con frecuencia, a sabiendas de que nos
encontramos ante las mismas situaciones, iniciamos la comunicación para
expresar ese aspecto que nos parece novedoso y diferente en cada situación:
nuestra propia experiencia, nuestras propias ideas, nuestra propia interpretación,
nuestros propios proyectos.
Con esta misma característica se relaciona el hecho de que podamos ser
totalmente originales al transmitir nuestra experiencia y encontramos los ejemplos
de ello en todo creador, ya sea en el arte o en la ciencia. La historia de la
civilización humana está hecha de las diferentes interpretaciones científicas que se
han dado para los mismos fenómenos y de las distintas visiones que el arte ha
dado para nuestra vida. Al mismo tiempo, al poder recrear los hechos, imaginarlos
o explicarlos de diferente manera podemos, también, deformarlos de tal manera
que nuestra interpretación, al final, tenga muy poco que ver con la realidad. Por
eso el hombre es el único animal que puede mentir.
Imaginación, creatividad, originalidad así como ficción, son calificativos que
sólo podemos aplicar a la comunicación humana que, al no depender de los
elementos concretos de la realidad objetiva, puede incluir los aspectos no
tangibles de todo fenómeno y de toda experiencia y es allí donde encuentra su
mayor riqueza y, sobre todo, su mayor versatilidad. Ahora bien, tenemos que
preguntarnos ¿en qué se basa esta posibilidad de "distanciamiento" de las
situaciones concretas en el caso de las comunicaciones humanas? ¿por qué es
posible?
La respuesta parece tan sencilla que oculta la complejidad del proceso y
su valor para la especie: si los mensajes humanos pueden "salirse" del espacio
y del tiempo inmediatos, de la situación concreta a la que se refieren los
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mensajes es porque, en el caso de nuestra especie, estos mensajes se
fundamentan en una capacidad exclusiva del homo sapiens: la capacidad de
crear signos o, lo que es lo mismo, la capacidad de representar, y podemos
entonces definirla como la capacidad exclusiva de la especie humana para
crear medios por los cuales sustituye los elementos de la realidad objetiva por
otros elementos que funcionan como equivalentes en la comunicación. Estos
elementos sustitutos son los que conocemos con el nombre genérico de
signos o señales.
Pero ¿cómo puede un objeto sustituir a otro y servirle de signo? Aun
cuando aceptemos que la equivalencia entre ambos objetos se funda en la
representación, ¿cómo es la relación que se establece gracias a la
representación?
Tenemos que considerar varios aspectos para comprender esta relación
que hemos definido como representación.
Veamos un ejemplo que puede ayudarnos: todos hemos tenido alguna vez
una "conversación a distancia" con un mesonero en un restorán; por ejemplo, hay
un movimiento de la mano derecha imitando a alguien que firma, que hace
entender al mesonero que debe traer la cuenta. En el mismo restorán y con el
mismo mesonero, cuando queremos otro refresco o cerveza, alzamos la botella y
la señalamos, si se trata de más de una entonces con la otra mano indicamos
cuántas, o bien señalamos a la totalidad de la concurrencia para que el mesonero
entienda que se trata de un refresco o cerveza para cada uno de los presentes en
la mesa. Ahora bien, ese mismo gesto, si lo dirigimos a algún amigo que acaba de
entrar no significará que es nuestro amigo el que debe servirnos sino, al contrario,
que esperamos que se una a nosotros para compartir el momento.
En nuestro ejemplo, cada uno de los gestos que aparecen descritos son el
sustituto de una expresión equivalente, es decir, que podríamos decirle al
mesonero lo que queremos: la cuenta u otro servicio, pero como probablemente
éste no podría oírnos entonces nos servimos de otros medios que nos aseguren
que el mensaje llegará al receptor. A su vez, las palabras que podríamos usar en
el caso de que nuestro interlocutor pudiera oírnos son, también, sustitutos de algo.
Las palabras, en este caso, son las intérpretes de lo que deseamos y sustituyen
nuestro deseo a fin de que podamos comunicarlo a los demás. Evidentemente, en
el caso que presentamos, el grito no nos serviría de nada, éste sólo llamaría la
atención del interlocutor quien no podría, de ninguna manera, saber con certeza
qué es lo que queremos.
En la situación que acabamos de describir nos hemos comunicado con
nuestro interlocutor haciendo distintas señas, también utilizamos la mirada para
hacernos entender, sin embargo, los gestos y miradas que aparecen en esta
situación son diferentes a los que normalmente hacemos cuando conversamos.
En este último caso, los gestos son espontáneos y es difícil separarlos,
distinguirlos y, más difícil todavía, es explicarlos. Ahora bien, en la conversación en
el restorán que acabamos de escenificar sí pudimos describir cada seña y lo que
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significa cada una de ellas. Esto se debe justamente al hecho de que cada una de
las señas que usamos en una situación como la que hemos descrito (en el
restorán), tiene un significado, establecido por el grupo, que se mantiene
constante en cada situación de comunicación de tal manera que, cada vez que
aparecen, podemos reconocerlos.
El significado es ese aspecto no-perceptible de toda representación.
Aparece siempre, indisolublemente ligado al aspecto perceptible: el significante.
Es esta relación indisoluble la que constituye el signo. Estas dos facetas del
signo se necesitan mutuamente para que, cualquiera que sea el elemento que
escojamos para sustituir una realidad dada, ésta pueda ser representada por el
signo. De otra manera nos encontraríamos en la misma situación de una persona
que oye una lengua desconocida: percibimos el signo pero no lo entendemos.
Podemos retomar ahora los términos que nos permitieron introducir el
concepto de significado: los elementos que aparecen en la constitución de
mensajes en la comunicación humana poseen un significado, establecido por el
grupo, que se mantiene constante en toda situación de comunicación de tal
manera que, cada vez que aparecen, podemos reconocerlos como la
representación de un determinado contenido que queremos comunicar.
Esta característica de estar dotados de significación es la que permite lo
que hemos llamado "distanciamiento" en los párrafos anteriores pues la
significación permite, en efecto, que los elementos que escogemos para
representar el mundo que nos rodea puedan actuar independientemente de la
situación concreta a la cual nos referimos. Así pues, representación y significación
constituyen el fundamento de la diferencia que hemos venido presentando entre la
comunicación general a todas las especies y la comunicación específica de los
seres humanos.
Podríamos resumir entonces lo presentado hasta aquí diciendo que la
representación establece una relación entre dos elementos:
A ↔ B
donde A es una situación, sensación, sentimiento, idea, etc. que encuentra un
sustituto en B que lo representa.
Tradicionalmente A es llamado el referente de B.
B es el constructo que representa A. El signo que lo representa y, como
tal, está constituido por el significante y el significado.
Por otra parte, puesto que hemos dicho que los signos son la
representación de su referente, entonces, podemos concluir que B puede
aparecer en cualquier situación de comunicación sin necesidad de que A esté
presente al mismo tiempo.
Evidentemente, en el grito la relación A-B es directa y, tal como decíamos,
necesitamos la presencia de ambos para poder entender a qué se refiere B,
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mientras que, en el resto de las posibilidades que tiene el hombre ante esta misma
situación (que son exclusivas de la especie humana), la presencia simultánea no
es necesaria y B puede presentarse en el lugar de A pues, como veíamos, B (el
signo) está dotado de significado. Por esto decíamos antes que si usted ha
entendido el dibujo o la descripción narrada de una situación determinada
entonces no necesitará obligatoriamente estar presente en la situación concreta a
la cual estos hacen referencia.
La comunicación se presenta en todas las especies y constituye una
posibilidad, para los miembros de cada una de ellas, de relacionarse entre sí. A su
vez, esta posibilidad de comunicación sirve para garantizar la supervivencia de la
especie en cuestión. En este aspecto, la especie humana no se diferencia de las
demás, pues en ella podemos observar el desarrollo de medios de comunicación
que la especie crea con los mismos fines de supervivencia.
No es el proceso de comunicación en sí lo que diferencia a las especies
sino el hecho de que, en el caso de la especie humana, los medios que el hombre
utiliza para este fin, son medios especializados que le permiten el
"distanciamiento" de la situación inmediata así como la comunicación de múltiples
contenidos que pueden incluir, además, su propia visión o impresión de los
hechos. Esta especialización de los medios de comunicación humanos se basa en
la capacidad, exclusivamente humana, de representar. Entendemos que la
representación es el proceso por el cual un elemento cualquiera puede servir
como sustituto y equivalente de cualquier otro elemento de la realidad objetiva.
Signos y símbolos
Tal como hemos expuesto antes, la capacidad de representar se
manifiesta de múltiples maneras y, así, podemos decir, que estamos rodeados de
manifestaciones de esta capacidad humana. Un buen ejercicio que usted podría
hacer sería el de anotar todos los signos que usted debe interpretar a lo largo de
un día: no solamente las palabras que escucha, lee o dice sino, también, el
semáforo y las demás señales de circulación (aunque usted vaya a pie deberá
tomarlas en cuenta), la mirada de su interlocutor, los gestos que hace su
interlocutor para apoyar lo que está diciéndole, si prende el televisor fíjese en que,
por ejemplo, el fondo musical en las películas de suspenso o de aventuras ha sido
escogido para apoyar lo que sucede en la pantalla... si hace el ejercicio notará que
usted interpreta todo el tiempo diferentes y variados tipos de signos.
Ante tal variedad debemos ahora encontrar un criterio que nos ayude a
entender su funcionamiento. Hemos estado utilizando hasta aquí el nombre
genérico de "signos" para aplicarlo a todas estas manifestaciones de la
representación, sin embargo, si nos fijamos atentamente encontraremos dos tipos
fundamentales que debemos diferenciar ahora: las representaciones en las cuales
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hay una cierta relación de semejanza entre A y B (mantendremos el esquema que
presentamos antes) y las representaciones en las cuales esta relación de
semejanza no se da.
Un ejemplo será la manera de presentar más claramente esta diferencia:
cuando nos referíamos al dibujo como elemento para representar el fuego, o bien,
al referirnos a las señas para "conversar a distancia" con el mesonero (señalando
botellas y personas o imitando el gesto de quien firma), estábamos ante ese tipo
de representaciones en las cuales hay una clara afinidad entre lo que
representamos y el medio que utilizamos para representarlo. Esta afinidad, a su
vez puede basarse en la semejanza (como en los dibujos y la pintura), en la
coexistencia de los dos elementos A y B en un momento determinado hasta el
punto de que podemos relacionarlos después de manera constante (como en el
caso de la cruz gamada que simboliza hoy el nazismo), o bien, porque estamos de
acuerdo en que hay aspectos compartidos por los dos elementos (como en el
caso de la representación de la justicia mediante una balanza equilibrada, para
expresar nuestra idea de que la justicia debe ser "igual para todos" y no se inclina
para favorecer a nadie).
Ferdinand de Saussure llamaba a este tipo de representaciones:
símbolos, para diferenciarlos de los signos propiamente tales en los cuales,
según Saussure, esta afinidad no existe.1
Veamos un ejemplo más: cuando la luz verde en un semáforo nos indica
que podemos continuar y la roja nos detiene, no se puede reconocer en estos
colores ningún tipo de factor que origine el hecho de que las sociedades humanas
los interpretemos de esa manera cuando estos se encuentran en un semáforo, a
excepción, por supuesto, del hecho de que todos parecemos estar de acuerdo
para regular el tránsito de esta manera. En este caso no hay semejanza, la
relación entre ambos se basa sólo en la representación. Tampoco hay semejanza
entre ese gesto tan común que consiste en agitar la mano con la palma hacia
afuera para saludarnos entre nosotros, si lo repetimos es porque sabemos que el
receptor lo entenderá como un gesto amistoso de saludo, es decir, que conoce su
significado. De esta manera, en el símbolo podemos hablar de una cierta
motivación en la relación de representación que se establece entre A y B mientras
que, en el signo, esta relación es inmotivada.
Basándose en esto, el mismo Ferdinand de Saussure habla de una
relación arbitraria entre el signo y lo que éste representa pues no hay nada que
haga depender al uno del otro. Hay que agregar aquí, como lo hace el mismo
Saussure, que el término "arbitrario" no significa que el signo que utilizamos puede
1 Nosotros seguiremos aquí la diferenciación establecida por Ferdinand de Saussure en su Curso de
Lingüística General. Dictado entre 1903 y 1906, este Curso fue publicado por los alumnos de
Saussure en 1916, tres años después de la muerte del hoy llamado "padre de la lingüística moderna".
La traducción y edición en español estuvo a cargo de Amado Alonso y fue publicada en Buenos
Aires por la editorial Losada en 1946.
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depender de la libre elección del emisor, de su creatividad. Este término se refiere
aquí a la característica que acabamos de señalar, es decir, que la relación es
inmotivada.
Volvamos al ejemplo del semáforo: ¿por qué escoger el rojo y no el violeta
o el mismo verde para indicar que hay que detenerse? No hay motivo, el uno o el
otro podrían representar igualmente esa "orden". Ahora bien, ¿por qué seguimos
usando el rojo para las señales de tránsito que significan "deténgase"? La
respuesta es sencilla: por tradición.
¿Y por qué mantener la tradición? Otra vez la respuesta es sencilla:
porque si cambiáramos todo el tiempo los colores entonces nunca podríamos
saber con certeza qué es lo que significa esa señal.
Esa tradición está basada en un acuerdo según el cual todos
entenderemos que el rojo, y sólo el rojo, indican "deténgase". Como no hay nada
que se parezca a este mensaje entonces podemos escoger cualquier cosa para
representarlo. La escogencia es inmotivada y arbitraria.
Y ahora ¿por qué, a pesar de esta relación inmotivada, entendemos los
signos que se nos presentan constantemente? Aparece entonces un aspecto
fundamental en el funcionamiento comunicativo de los símbolos y de los signos: la
convención social.
Todo grupo humano establece acuerdos que determinan no sólo la
posibilidad de la comunicación sino también la existencia del grupo mismo, son
acuerdos que regulan la vida del grupo como tal. El ejemplo más evidente de este
tipo de pactos es la legislación que rige nuestros actos públicos. Ahora bien, junto
a estas leyes expresas existen otras que, al igual que aquellas, determinan
nuestro comportamiento cotidiano. Del conocimiento de estas otras leyes depende
que seamos reconocidos como miembros de una sociedad o no.
Cada grupo social establece sus acuerdos y estos, en el tiempo,
fundamentarán las tradiciones, creencias, mitos, leyendas y costumbres que
caracterizan su cultura y, a su vez, la diferencian de las demás. Es imposible
encontrar el momento en el cual se realizaron estos acuerdos, no hay acta ni
firmas que los suscriban, no estamos ante una causa y su efecto pues la relación
es bipolar: la cultura y las tradiciones se fundan en las convenciones de un grupo
y, a la vez, estas convenciones dependen de la cultura y las tradiciones, pues sólo
estableceremos (o aceptaremos) convenciones que se ajusten a nuestras
costumbres.
Hemos dicho que la representación es la capacidad humana para crear
sustitutos de la realidad material y que estos sustitutos nos sirven como
instrumentos de comunicación. Pues bien, se comprenderá enseguida que si nos
comunicamos mediante elementos distintos de la realidad objetiva tenemos que
estar de acuerdo sobre cuáles serán los sustitutos que utilizaremos pues, de otra
manera, no hay comunicación posible.
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De esta manera, tanto en el caso del símbolo como en el caso del signo, la
convención es necesaria pues únicamente de ella depende el hecho de que
podamos comprenderlos. Si le parece que, en el caso de los símbolos creados por
semejanza con el elemento que representan, esta condición de la
convencionalidad no es necesaria, entonces piense solamente en la historia de la
pintura y en cómo la misma montaña puede ser representada pictóricamente de
maneras diferentes por miembros de diferentes culturas, o de diferentes épocas
de una misma cultura.
Al mismo tiempo, la convención es "doblemente" necesaria en el caso de
los signos, que hemos caracterizado como arbitrarios pues, al no haber ningún
tipo de motivación que nos oriente sobre su significado, sólo la convención nos
permitirá saber qué es lo que representan. Así, en el ejemplo del restorán, sólo las
convenciones permiten que el mesonero sepa que cuando alzamos la mano y
hacemos un gesto como de firmar, le estamos pidiendo la cuenta pues, de otra
manera, éste podría pensar que se trata de un tic nervioso. De hecho, esto podría
pasarnos si intentamos este gesto en algún lugar donde esta convención no
exista. Es también lo que sucede en el caso de las diferentes lenguas del mundo,
tan diferentes entre sí en sus manifestaciones concretas, aunque se fundan en los
mismos principios generales.
De acuerdo con lo dicho hasta aquí y manteniendo el esquema de la
representación que presentábamos en el aparte anterior, podemos caracterizar la
relación de representación en el signo y en el símbolo como sigue:
Si B es el símbolo de A entonces la relación de representación es
convencional y motivada por una cierta semejanza entre ambos.
Si B es el signo de A entonces la relación entre ambos es convencional e
inmotivada o arbitraria.
Comunicación y representación
Imagine una situación de peligro real (un incendio, por ejemplo) y copie
cinco de los mensajes que usted podría emitir a los demás miembros de su grupo
para prevenirlos. Piense ahora en un gorila que se encuentre en la misma
situación y copie los mensajes que usted se imagina que el gorila podría emitir.
Aun antes de terminar usted seguramente ya había notado que el
"repertorio" de posibilidades que tienen usted y el gorila son muy diferentes,
preguntémonos ahora ¿en qué radica esa diferencia? Seguramente usted copió
un "tipo" de grito diferente de acuerdo con lo que quieren indicar: miedo, dolor o
llamada de atención podrían ser los tres que aparecerían aquí y en ese caso tanto
el gorila como usted tienen las mismas posibilidades, ahora bien, usted y yo
tenemos algunas posibilidades más. Sin contar con el hecho de que la especie
Homo Sapiens es la única que ha domesticado el fuego, además del grito que
sirve para llamar la atención, los seres humanos podemos emitir un mensaje como
éste: ¡Auxilio!, ¡Socorro!. Si esto nos parece todavía poco exacto, o muy ambiguo,
añadiremos algo así como: ¡Hay un incendio! y en el peor de los casos: ¡Me
quemo!. Pero hay una posibilidad más: escribir el mensaje y, aun si no supiéramos
escribir, podríamos entonces dibujarlo así como nuestros antepasados hicieron
una vez en las cuevas donde vivían.
En situaciones de peligro real para ambos, el hombre y el gorila reaccionan
instintivamente de manera muy semejante puesto que interpretan signos naturales
tales como el humo, el olor o las cenizas que se esparcen en el aire indicando que
en alguna parte hay o hubo fuego y, ante estas señales, tanto el hombre como el
gorila pueden tratar de alertar a los demás miembros de su grupo para separarlos
del peligro o para pedir ayuda. Los medios que utilizan para llamar la atención de
los demás miembros del grupo también pueden ser muy semejantes: el grito.
En estos casos nos encontramos ante situaciones en las cuales las
reacciones que se producen pueden ser calificadas de "instintivas" y, al mismo
tiempo, los elementos del entorno que son interpretados como "portadores de
información" deben ser calificados de "naturales" en tanto surgen
espontáneamente de nuestro entorno, es decir que no existen con el fin específico
de comunicarnos algo: así, el humo, por ejemplo, es independiente de la
interpretación que le damos, existe porque hay fuego, como una consecuencia
química de éste, no para comunicarnos que hay fuego. En cualquier caso, el
hecho que nos interesa aquí es el que todas las especies animales, incluyendo el
Homo Sapiens, responden ante estos "indicadores" que normalmente llamamos
6
indicios o síntomas y aun los miembros más pequeños de la especie, los bebés,
empiezan muy temprano a reconocerlos.
La razón para que estas reacciones se produzcan es sencilla: de la
recepción de estos "mensajes" depende la supervivencia del grupo y, por ende, de
la especie. Así, todas las especies han aprendido que deben reconocer el fuego
antes de que llegue a su territorio, que la enfermedad debe ser enfrentada lo antes
posible, todas las especies reaccionan ante el dolor y el miedo, para todas es
igualmente importante saber dónde está el alimento. Interesado por la
supervivencia de sí mismo y de su grupo, cada miembro de cada especie
interpreta el medio que lo rodea y comparte con los demás elementos de su grupo
la existencia del peligro o la salvación mediante "llamadas de atención".
Cuando interpretamos los indicios o síntomas del entorno y, con más
razón aún, cuando un miembro de nuestro grupo nos hace saber de la
existencia de estos indicios, entonces podemos hablar de comunicación.
Definiremos entonces la comunicación como: un proceso por el cual los
miembros de una misma especie se relacionan entre sí y comparten
información.
Asimismo, debemos notar desde ahora que en toda situación de
comunicación se pueden identificar tres elementos que se presentarán de manera
constante y necesaria para que se cumpla este proceso, a saber: en todas ellas
habrá un emisor, que es la fuente de la información, el productor del mensaje
comunicado, el cual, a su vez, sirve como mediador ente el emisor mismo y el
receptor que será, en cada caso, aquel que interpreta el mensaje.
En un incendio, el emisor inicial es el fuego y el mensaje que transmite es
el humo o el olor (recuerde, sin embargo, que hemos dicho que aunque lo
podamos identificar emisor y mensaje en este caso el fuego y el humo,
evidentemente, estos no existen con ese fin). El receptor en nuestro ejemplo será
el hombre o el gorila que lo perciben e interpretan como un mensaje más o menos
así: Hay fuego y, eventualmente, habrá peligro. El hombre y el gorila, a su vez, se
convierten en emisores cuando son ellos los que gritan, por ejemplo, y este grito
será el mensaje que los demás miembros de su grupo (receptores) percibirán e
interpretarán.
Ya es bastante evidente que el proceso de la comunicación puede
observarse en todas las especies y por esto, en muchas ocasiones, se ha tenido la
impresión de que los animales "hablan", sin embargo, esta posibilidad sólo se da
en las fábulas para niños. No podemos negar el hecho de que hay comunicación
entre los animales y, como ya lo hemos visto, la razón para ello no es de menor
importancia puesto que, al igual que para los humanos, se trata de la
supervivencia de la especie, sin embargo, esa posibilidad específica de hablar
está reservada a la especie Homo Sapiens exclusivamente.
A pesar de haber sustentado la idea de que todas las especies animales
poseen medios para comunicarse con sus semejantes, al mismo tiempo, hemos
tenido que restringirnos a ciertos tipos de mensajes y de situaciones en las cuales
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estos se producen: peligro, alimento, enfermedad, agresión o amor. Es posible
que, en el caso de algunas especies, haya un grito, gruñido o ronroneo
particulares para comunicar según el tipo de situación, pero la especificidad de los
mensajes se detiene allí. Hay varias diferencias fundamentales entre los gritos del
animal y las emisiones que el ser humano puede realizar en situaciones similares
para ambos.
En el caso de las demás especies animales no hay una intención
comunicativa expresa en el emisor de las señales ahora bien, en el caso de los
seres humanos esta intención comunicativa sí está presente: llamar la atención,
compartir la información es un acto que depende de la intención de realizarlo y en
esta intención se fundamenta la diferencia entre los mensajes humanos y los de
las demás especies.
Otra diferencia importante que tenemos que notar al comparar los
diferentes gritos del animal y nuestros propios mensajes radica en el hecho de que
la comunicación animal depende estrechamente de la situación inmediata en la
cual se produce, así, un grupo de gorilas responderá ante los gritos de peligro de
uno de los miembros de ese grupo porque todos los demás también han percibido
ese mismo peligro. El grito funciona así justamente, como una alarma cuyo origen
hay que identificar. Hemos visto sin embargo que la especie Homo Sapiens puede
distanciarse de la situación concreta pues puede recurrir a otros medios de
comunicación además del grito elaborando mensajes diferentes y, en ese caso,
sus mensajes sirven tanto para comunicar información sobre la situación
inmediata como para recrear situaciones no-presentes.
Volvamos a imaginar los mensajes posibles en un incendio. Es cierto que
ante un peligro real nuestras reacciones pueden parecerse mucho a las
reacciones animales, sin embargo, como ya decíamos, también podemos
representar el peligro mediante un dibujo, por ejemplo. Así, no será necesario que
nuestro interlocutor esté presente en el mismo lugar y en el mismo momento para
poder entender a qué tipo de peligro nos referimos concretamente. En el ejemplo
que estamos utilizando aquí, el interlocutor puede recibir el mensaje momentos
después pero podría también recibirlo o recordarlo años y aun siglos después, y
es así como recordamos la época en la cual el hombre era cazador de bisontes:
gracias, por ejemplo, a los dibujos de las Cuevas de Altamira.
Esta diferencia tiene que ver, entonces, con el hecho de que la
comunicación humana no depende directamente de la situación concreta en la
cual se da y a la cual se refiere, por lo cual el emisor y el receptor pueden estar
presentes simultáneamente o no. La comunicación instintiva, inmediata,
dependiente de la situación que, como ya vimos, es común a todas las especies,
sólo puede comunicarnos informaciones sobre elementos presentes en la
situación, el grito de alerta sólo será efectivo si el emisor puede
contemporáneamente identificar el motivo de alarma. Tal como indicábamos
antes, el grito de peligro o de miedo ante el fuego sólo tendrá un significado si
podemos ver el fuego y relacionar el grito y la causa. Este, evidentemente, no es el
caso cuando nos encontramos ante un dibujo o ante una historia en la cual se
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describe la misma situación: no necesitamos ver el fuego si entendemos la
descripción.
Así como está limitada espacio-temporalmente, la comunicación animal
también está limitada en los contenidos que transmite y esta segunda diferencia
depende estrechamente de la primera.
Al no depender directamente de la situación concreta y al no apoyarse en
ella para poder ser comprendidos, los mensajes humanos pueden comunicar
además variaciones y matices sobre el contenido que comunican, por ejemplo, el
punto de vista de quien comunica, la manera como ese individuo en particular
concibe su experiencia. De este modo, la distancia con la situación específica se
amplía más todavía por el hecho de que, ante una misma experiencia, cada uno
de nosotros podrá interpretar a su modo los hechos, las sensaciones, la magnitud
del riesgo y podrá incluir en su comunicación aspectos no visibles en la naturaleza
como, por ejemplo, sus propias ideas, impresiones, la imagen personal sobre una
situación que, objetivamente, será la misma para todos.
Aparece aquí un elemento a menudo olvidado pero que, en realidad, es el
fundamento de toda comunicación humana: el propio mundo interior, el lado noobjetivo
en cada experiencia, en cada situación. Ante realidades semejantes, cada
uno de nosotros vive su propia vida y con frecuencia, a sabiendas de que nos
encontramos ante las mismas situaciones, iniciamos la comunicación para
expresar ese aspecto que nos parece novedoso y diferente en cada situación:
nuestra propia experiencia, nuestras propias ideas, nuestra propia interpretación,
nuestros propios proyectos.
Con esta misma característica se relaciona el hecho de que podamos ser
totalmente originales al transmitir nuestra experiencia y encontramos los ejemplos
de ello en todo creador, ya sea en el arte o en la ciencia. La historia de la
civilización humana está hecha de las diferentes interpretaciones científicas que se
han dado para los mismos fenómenos y de las distintas visiones que el arte ha
dado para nuestra vida. Al mismo tiempo, al poder recrear los hechos, imaginarlos
o explicarlos de diferente manera podemos, también, deformarlos de tal manera
que nuestra interpretación, al final, tenga muy poco que ver con la realidad. Por
eso el hombre es el único animal que puede mentir.
Imaginación, creatividad, originalidad así como ficción, son calificativos que
sólo podemos aplicar a la comunicación humana que, al no depender de los
elementos concretos de la realidad objetiva, puede incluir los aspectos no
tangibles de todo fenómeno y de toda experiencia y es allí donde encuentra su
mayor riqueza y, sobre todo, su mayor versatilidad. Ahora bien, tenemos que
preguntarnos ¿en qué se basa esta posibilidad de "distanciamiento" de las
situaciones concretas en el caso de las comunicaciones humanas? ¿por qué es
posible?
La respuesta parece tan sencilla que oculta la complejidad del proceso y
su valor para la especie: si los mensajes humanos pueden "salirse" del espacio
y del tiempo inmediatos, de la situación concreta a la que se refieren los
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mensajes es porque, en el caso de nuestra especie, estos mensajes se
fundamentan en una capacidad exclusiva del homo sapiens: la capacidad de
crear signos o, lo que es lo mismo, la capacidad de representar, y podemos
entonces definirla como la capacidad exclusiva de la especie humana para
crear medios por los cuales sustituye los elementos de la realidad objetiva por
otros elementos que funcionan como equivalentes en la comunicación. Estos
elementos sustitutos son los que conocemos con el nombre genérico de
signos o señales.
Pero ¿cómo puede un objeto sustituir a otro y servirle de signo? Aun
cuando aceptemos que la equivalencia entre ambos objetos se funda en la
representación, ¿cómo es la relación que se establece gracias a la
representación?
Tenemos que considerar varios aspectos para comprender esta relación
que hemos definido como representación.
Veamos un ejemplo que puede ayudarnos: todos hemos tenido alguna vez
una "conversación a distancia" con un mesonero en un restorán; por ejemplo, hay
un movimiento de la mano derecha imitando a alguien que firma, que hace
entender al mesonero que debe traer la cuenta. En el mismo restorán y con el
mismo mesonero, cuando queremos otro refresco o cerveza, alzamos la botella y
la señalamos, si se trata de más de una entonces con la otra mano indicamos
cuántas, o bien señalamos a la totalidad de la concurrencia para que el mesonero
entienda que se trata de un refresco o cerveza para cada uno de los presentes en
la mesa. Ahora bien, ese mismo gesto, si lo dirigimos a algún amigo que acaba de
entrar no significará que es nuestro amigo el que debe servirnos sino, al contrario,
que esperamos que se una a nosotros para compartir el momento.
En nuestro ejemplo, cada uno de los gestos que aparecen descritos son el
sustituto de una expresión equivalente, es decir, que podríamos decirle al
mesonero lo que queremos: la cuenta u otro servicio, pero como probablemente
éste no podría oírnos entonces nos servimos de otros medios que nos aseguren
que el mensaje llegará al receptor. A su vez, las palabras que podríamos usar en
el caso de que nuestro interlocutor pudiera oírnos son, también, sustitutos de algo.
Las palabras, en este caso, son las intérpretes de lo que deseamos y sustituyen
nuestro deseo a fin de que podamos comunicarlo a los demás. Evidentemente, en
el caso que presentamos, el grito no nos serviría de nada, éste sólo llamaría la
atención del interlocutor quien no podría, de ninguna manera, saber con certeza
qué es lo que queremos.
En la situación que acabamos de describir nos hemos comunicado con
nuestro interlocutor haciendo distintas señas, también utilizamos la mirada para
hacernos entender, sin embargo, los gestos y miradas que aparecen en esta
situación son diferentes a los que normalmente hacemos cuando conversamos.
En este último caso, los gestos son espontáneos y es difícil separarlos,
distinguirlos y, más difícil todavía, es explicarlos. Ahora bien, en la conversación en
el restorán que acabamos de escenificar sí pudimos describir cada seña y lo que
10
significa cada una de ellas. Esto se debe justamente al hecho de que cada una de
las señas que usamos en una situación como la que hemos descrito (en el
restorán), tiene un significado, establecido por el grupo, que se mantiene
constante en cada situación de comunicación de tal manera que, cada vez que
aparecen, podemos reconocerlos.
El significado es ese aspecto no-perceptible de toda representación.
Aparece siempre, indisolublemente ligado al aspecto perceptible: el significante.
Es esta relación indisoluble la que constituye el signo. Estas dos facetas del
signo se necesitan mutuamente para que, cualquiera que sea el elemento que
escojamos para sustituir una realidad dada, ésta pueda ser representada por el
signo. De otra manera nos encontraríamos en la misma situación de una persona
que oye una lengua desconocida: percibimos el signo pero no lo entendemos.
Podemos retomar ahora los términos que nos permitieron introducir el
concepto de significado: los elementos que aparecen en la constitución de
mensajes en la comunicación humana poseen un significado, establecido por el
grupo, que se mantiene constante en toda situación de comunicación de tal
manera que, cada vez que aparecen, podemos reconocerlos como la
representación de un determinado contenido que queremos comunicar.
Esta característica de estar dotados de significación es la que permite lo
que hemos llamado "distanciamiento" en los párrafos anteriores pues la
significación permite, en efecto, que los elementos que escogemos para
representar el mundo que nos rodea puedan actuar independientemente de la
situación concreta a la cual nos referimos. Así pues, representación y significación
constituyen el fundamento de la diferencia que hemos venido presentando entre la
comunicación general a todas las especies y la comunicación específica de los
seres humanos.
Podríamos resumir entonces lo presentado hasta aquí diciendo que la
representación establece una relación entre dos elementos:
A ↔ B
donde A es una situación, sensación, sentimiento, idea, etc. que encuentra un
sustituto en B que lo representa.
Tradicionalmente A es llamado el referente de B.
B es el constructo que representa A. El signo que lo representa y, como
tal, está constituido por el significante y el significado.
Por otra parte, puesto que hemos dicho que los signos son la
representación de su referente, entonces, podemos concluir que B puede
aparecer en cualquier situación de comunicación sin necesidad de que A esté
presente al mismo tiempo.
Evidentemente, en el grito la relación A-B es directa y, tal como decíamos,
necesitamos la presencia de ambos para poder entender a qué se refiere B,
11
mientras que, en el resto de las posibilidades que tiene el hombre ante esta misma
situación (que son exclusivas de la especie humana), la presencia simultánea no
es necesaria y B puede presentarse en el lugar de A pues, como veíamos, B (el
signo) está dotado de significado. Por esto decíamos antes que si usted ha
entendido el dibujo o la descripción narrada de una situación determinada
entonces no necesitará obligatoriamente estar presente en la situación concreta a
la cual estos hacen referencia.
La comunicación se presenta en todas las especies y constituye una
posibilidad, para los miembros de cada una de ellas, de relacionarse entre sí. A su
vez, esta posibilidad de comunicación sirve para garantizar la supervivencia de la
especie en cuestión. En este aspecto, la especie humana no se diferencia de las
demás, pues en ella podemos observar el desarrollo de medios de comunicación
que la especie crea con los mismos fines de supervivencia.
No es el proceso de comunicación en sí lo que diferencia a las especies
sino el hecho de que, en el caso de la especie humana, los medios que el hombre
utiliza para este fin, son medios especializados que le permiten el
"distanciamiento" de la situación inmediata así como la comunicación de múltiples
contenidos que pueden incluir, además, su propia visión o impresión de los
hechos. Esta especialización de los medios de comunicación humanos se basa en
la capacidad, exclusivamente humana, de representar. Entendemos que la
representación es el proceso por el cual un elemento cualquiera puede servir
como sustituto y equivalente de cualquier otro elemento de la realidad objetiva.
Signos y símbolos
Tal como hemos expuesto antes, la capacidad de representar se
manifiesta de múltiples maneras y, así, podemos decir, que estamos rodeados de
manifestaciones de esta capacidad humana. Un buen ejercicio que usted podría
hacer sería el de anotar todos los signos que usted debe interpretar a lo largo de
un día: no solamente las palabras que escucha, lee o dice sino, también, el
semáforo y las demás señales de circulación (aunque usted vaya a pie deberá
tomarlas en cuenta), la mirada de su interlocutor, los gestos que hace su
interlocutor para apoyar lo que está diciéndole, si prende el televisor fíjese en que,
por ejemplo, el fondo musical en las películas de suspenso o de aventuras ha sido
escogido para apoyar lo que sucede en la pantalla... si hace el ejercicio notará que
usted interpreta todo el tiempo diferentes y variados tipos de signos.
Ante tal variedad debemos ahora encontrar un criterio que nos ayude a
entender su funcionamiento. Hemos estado utilizando hasta aquí el nombre
genérico de "signos" para aplicarlo a todas estas manifestaciones de la
representación, sin embargo, si nos fijamos atentamente encontraremos dos tipos
fundamentales que debemos diferenciar ahora: las representaciones en las cuales
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hay una cierta relación de semejanza entre A y B (mantendremos el esquema que
presentamos antes) y las representaciones en las cuales esta relación de
semejanza no se da.
Un ejemplo será la manera de presentar más claramente esta diferencia:
cuando nos referíamos al dibujo como elemento para representar el fuego, o bien,
al referirnos a las señas para "conversar a distancia" con el mesonero (señalando
botellas y personas o imitando el gesto de quien firma), estábamos ante ese tipo
de representaciones en las cuales hay una clara afinidad entre lo que
representamos y el medio que utilizamos para representarlo. Esta afinidad, a su
vez puede basarse en la semejanza (como en los dibujos y la pintura), en la
coexistencia de los dos elementos A y B en un momento determinado hasta el
punto de que podemos relacionarlos después de manera constante (como en el
caso de la cruz gamada que simboliza hoy el nazismo), o bien, porque estamos de
acuerdo en que hay aspectos compartidos por los dos elementos (como en el
caso de la representación de la justicia mediante una balanza equilibrada, para
expresar nuestra idea de que la justicia debe ser "igual para todos" y no se inclina
para favorecer a nadie).
Ferdinand de Saussure llamaba a este tipo de representaciones:
símbolos, para diferenciarlos de los signos propiamente tales en los cuales,
según Saussure, esta afinidad no existe.1
Veamos un ejemplo más: cuando la luz verde en un semáforo nos indica
que podemos continuar y la roja nos detiene, no se puede reconocer en estos
colores ningún tipo de factor que origine el hecho de que las sociedades humanas
los interpretemos de esa manera cuando estos se encuentran en un semáforo, a
excepción, por supuesto, del hecho de que todos parecemos estar de acuerdo
para regular el tránsito de esta manera. En este caso no hay semejanza, la
relación entre ambos se basa sólo en la representación. Tampoco hay semejanza
entre ese gesto tan común que consiste en agitar la mano con la palma hacia
afuera para saludarnos entre nosotros, si lo repetimos es porque sabemos que el
receptor lo entenderá como un gesto amistoso de saludo, es decir, que conoce su
significado. De esta manera, en el símbolo podemos hablar de una cierta
motivación en la relación de representación que se establece entre A y B mientras
que, en el signo, esta relación es inmotivada.
Basándose en esto, el mismo Ferdinand de Saussure habla de una
relación arbitraria entre el signo y lo que éste representa pues no hay nada que
haga depender al uno del otro. Hay que agregar aquí, como lo hace el mismo
Saussure, que el término "arbitrario" no significa que el signo que utilizamos puede
1 Nosotros seguiremos aquí la diferenciación establecida por Ferdinand de Saussure en su Curso de
Lingüística General. Dictado entre 1903 y 1906, este Curso fue publicado por los alumnos de
Saussure en 1916, tres años después de la muerte del hoy llamado "padre de la lingüística moderna".
La traducción y edición en español estuvo a cargo de Amado Alonso y fue publicada en Buenos
Aires por la editorial Losada en 1946.
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depender de la libre elección del emisor, de su creatividad. Este término se refiere
aquí a la característica que acabamos de señalar, es decir, que la relación es
inmotivada.
Volvamos al ejemplo del semáforo: ¿por qué escoger el rojo y no el violeta
o el mismo verde para indicar que hay que detenerse? No hay motivo, el uno o el
otro podrían representar igualmente esa "orden". Ahora bien, ¿por qué seguimos
usando el rojo para las señales de tránsito que significan "deténgase"? La
respuesta es sencilla: por tradición.
¿Y por qué mantener la tradición? Otra vez la respuesta es sencilla:
porque si cambiáramos todo el tiempo los colores entonces nunca podríamos
saber con certeza qué es lo que significa esa señal.
Esa tradición está basada en un acuerdo según el cual todos
entenderemos que el rojo, y sólo el rojo, indican "deténgase". Como no hay nada
que se parezca a este mensaje entonces podemos escoger cualquier cosa para
representarlo. La escogencia es inmotivada y arbitraria.
Y ahora ¿por qué, a pesar de esta relación inmotivada, entendemos los
signos que se nos presentan constantemente? Aparece entonces un aspecto
fundamental en el funcionamiento comunicativo de los símbolos y de los signos: la
convención social.
Todo grupo humano establece acuerdos que determinan no sólo la
posibilidad de la comunicación sino también la existencia del grupo mismo, son
acuerdos que regulan la vida del grupo como tal. El ejemplo más evidente de este
tipo de pactos es la legislación que rige nuestros actos públicos. Ahora bien, junto
a estas leyes expresas existen otras que, al igual que aquellas, determinan
nuestro comportamiento cotidiano. Del conocimiento de estas otras leyes depende
que seamos reconocidos como miembros de una sociedad o no.
Cada grupo social establece sus acuerdos y estos, en el tiempo,
fundamentarán las tradiciones, creencias, mitos, leyendas y costumbres que
caracterizan su cultura y, a su vez, la diferencian de las demás. Es imposible
encontrar el momento en el cual se realizaron estos acuerdos, no hay acta ni
firmas que los suscriban, no estamos ante una causa y su efecto pues la relación
es bipolar: la cultura y las tradiciones se fundan en las convenciones de un grupo
y, a la vez, estas convenciones dependen de la cultura y las tradiciones, pues sólo
estableceremos (o aceptaremos) convenciones que se ajusten a nuestras
costumbres.
Hemos dicho que la representación es la capacidad humana para crear
sustitutos de la realidad material y que estos sustitutos nos sirven como
instrumentos de comunicación. Pues bien, se comprenderá enseguida que si nos
comunicamos mediante elementos distintos de la realidad objetiva tenemos que
estar de acuerdo sobre cuáles serán los sustitutos que utilizaremos pues, de otra
manera, no hay comunicación posible.
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De esta manera, tanto en el caso del símbolo como en el caso del signo, la
convención es necesaria pues únicamente de ella depende el hecho de que
podamos comprenderlos. Si le parece que, en el caso de los símbolos creados por
semejanza con el elemento que representan, esta condición de la
convencionalidad no es necesaria, entonces piense solamente en la historia de la
pintura y en cómo la misma montaña puede ser representada pictóricamente de
maneras diferentes por miembros de diferentes culturas, o de diferentes épocas
de una misma cultura.
Al mismo tiempo, la convención es "doblemente" necesaria en el caso de
los signos, que hemos caracterizado como arbitrarios pues, al no haber ningún
tipo de motivación que nos oriente sobre su significado, sólo la convención nos
permitirá saber qué es lo que representan. Así, en el ejemplo del restorán, sólo las
convenciones permiten que el mesonero sepa que cuando alzamos la mano y
hacemos un gesto como de firmar, le estamos pidiendo la cuenta pues, de otra
manera, éste podría pensar que se trata de un tic nervioso. De hecho, esto podría
pasarnos si intentamos este gesto en algún lugar donde esta convención no
exista. Es también lo que sucede en el caso de las diferentes lenguas del mundo,
tan diferentes entre sí en sus manifestaciones concretas, aunque se fundan en los
mismos principios generales.
De acuerdo con lo dicho hasta aquí y manteniendo el esquema de la
representación que presentábamos en el aparte anterior, podemos caracterizar la
relación de representación en el signo y en el símbolo como sigue:
Si B es el símbolo de A entonces la relación de representación es
convencional y motivada por una cierta semejanza entre ambos.
Si B es el signo de A entonces la relación entre ambos es convencional e
inmotivada o arbitraria.
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